lunes, 1 de febrero de 2016

Raíles de agua, la selección del bloguero

Lydia Cuevas - Nuevas emociones 
La Fundación de los Ferrocarriles Españoles presenta estos días una exposición de acuarelas que tienen como tema el ferrocarril. Las obras presentan una notable variedad de enfoques y utilizan técnicas diversas, aunque la mayoría se inscriben dentro del neoimpresionismo.

La acuarela actual, en términos generales, se caracteriza por la sensación de frescor que produce, por la poca insistencia en el trabajo pictórico, por una factura llena de espontaneidad, transparencia, minimalismo, etc., sin dejar de lado, claro está, la ilusión de profundidad, la captación de la luz, la transmisión del ambiente y la composición.

Este bloguero, después de contemplar las 24 acuarelas expuestas y aplicando los criterios anteriores, se permite destacar aquí su selección personal.

Camilo Huéscar - Gato disfrutando de la hora mágica
Manolo Jiménez - Baldwin
Carlos Oliva - Estación del Norte 1935
Estas cuatro obras responden a los parámetros indicados, aunque en la selección han influido, obviamente, criterios subjetivos. En todas ellas es interesante comprobar como las nuevas ideas pictóricas se ajustan perfectamente a cualquier tema ferroviario: el tratamiento de los amplios espacios de las nuevas estaciones de Lydia Cuevas, el cambiante paisaje urbano entorno a las vías férreas de Camilo Huéscar, las centenarias estructuras acogiendo lo preservado y lo nuevo de Manolo Jiménez y el siempre fascinante ambiente del vapor de Carlos Oliva.


Los artistas que participan son: Jorge Akerman (Vigo), Enrique Alda (Madrid), Isabel Alosete (Madrid), Juan Ramón Alves (León), Luis Cámara (Madrid), Emilio Cárdenas (Valencia), Aurora Charlo (Zaragoza), Joan Coch (Sabadell), Lydia Cuevas (Orthez, Francia), Cesc Farré (Terrasa), Anais García (Cuenca), María Gloria Giraldo (Albacete), José Miguel González (Madrid), Ana Grasset (Madrid), Camilo Huescar (Villanueva de la Fuente, Ciudad Real), Manolo Jiménez (Guadix, Granada), Társila Jiménez (Madrid), Idoia Lasagabaster (Bilbao), José Luis López ‘Kubi’ (París, Francia), Pablo Rubén López Sánz (Madrid), José Manuel Méndez (Mundaka), Carlos Oliva (Valencia), Jacques Villares (Cormeilles-en-Parisis, Francia) y Javier Zorilla (Madrid).


lunes, 18 de enero de 2016

Los ferrocarriles en la literatura japonesa

Portada característica de Kyotaro Nishimura
El impacto social y geográfico del ferrocarril en Japón fue muy parecido al que el nuevo medio de transporte produjo en Europa, es decir, las vías del tren tuvieron que encontrar su camino entre las redes fluviales y de carreteras, y las estaciones, hacerse un espacio en las ciudades. En Europa y en Japón la red ferroviaria se integró en el tejido existente, mientras que en América o Australia, el ferrocarril construyó o amplió los países con su avance. Esto explicaría que el tratamiento del ferrocarril en la literatura japonesa, o al menos en la que nos ha llegado traducida, sea similar al que se le da en la europea.

Tomemos como ejemplo uno de los autores japoneses más traducidos a raíz de ser Premio Nobel de literatura en 1968: Yasunari Kawabata (1899-1972). El tren aparece en muchos de sus relatos y novelas como el medio de transporte más conveniente y confortable. Éste es el inicio de Lo bello y lo triste (1964):
Eran seis las butacas giratorias que se alineaban sobre el lado opuesto del vagón panorámico de aquel expreso a Kyoto. Oki Toshio observó que la del extremo giraba en silencio con el movimiento del tren. No podía quitar los ojos de ella. Las butacas de su lado no eran giratorias.
Estaba solo en el vagón panorámico. Hundido en su asiento observaba los movimientos de la butaca del extremo. No giraba siempre en la misma dirección ni con la misma velocidad: a veces se movía con más rapidez, otras con más lentitud y hasta se detenía y comenzaba a girar en dirección contraria. Al contemplar aquel sillón giratorio que se movía ante sus ojos en un vagón desierto, Oki se sintió solitario. Los recuerdos comenzaron a aflorar en su memoria.
El expreso a Kyoto le pareció el medio más indicado, porque partía de Tokyo y de Yokohama a primera hora de la tarde y llegaba a Kyoto al anochecer. A la vuelta partía de Kyoto en las primeras horas de la tarde. Siempre viajaba a Kyoto en aquel tren. La mayoría de las azafatas de los vagones de primera lo conocían de vista.

Expreso Kuha 181 en Lo bello y lo triste

Oki Toshio viaja solo y el tren se convierte en espacio para la reflexión y el recuerdo, pero Kawabata también lo presenta como un lugar propicio a la aventura en el relato de 1928 La búsqueda de una mujer, o como espacio en el que erotismo está siempre al acecho como en Los huesos de Dios (1927):
El estudiante de medicina estaba viajando en la línea del Ferrocarril de la Gobernación, cuando la cajita de cenizas que llevaba en el bolsillo fue aplastada por los macizos muslos de una estudiante linda como un lirio, arrojada contra él por una sacudida del tren. Se dijo «Creo que me casaré con esta muchacha». Y quedó encendido con una intensa lujuria.
Cercanías electromotor en Estación de lluvia

Kawabata también utiliza el ferrocarril para hacer brillantes comparaciones. En Estación de lluvia (1928) el torniquete de acceso a las vías es visto como “la puerta de una enorme prisión social” y los hombres que toman cada día el tren de cercanías para acudir al trabajo son descritos como “condenados a una cadena perpetua.” En la ya citada Lo bello y lo triste sorprende con esta asociación de ideas del protagonista: “Desde algún lugar situado allende las Colinas Occidentales llegó el silbato quejoso y prolongado de un tren que entraba o salía de un túnel. Oki no pudo menos que pensar en el débil llanto de un recién nacido...”

Cuando pensamos en novelas japonesas con trenes es inevitable recordar las características portadas de Kyotaro Nishimura (1930) como la que encabeza esta entrada. Nishimura es un popular escritor de novela negra que ha publicado una ingente cantidad de novelitas ambientadas en líneas y trenes diferentes; se trata de lectura rápida, casi de usar y tirar. Algunas de ellas han sido traducidas al inglés, como The Mystery Train Disappears (1982). Nishimura no es una excepción porqué las compañías han promovido que exista al menos una novela ambientada en cada una de las ramas del Shinkansen. La mayor parte de ellas tratan de desapariciones o asesinatos y, en algunos casos, el tren de alta velocidad es sólo el gancho inicial del relato.


Expreso Kuha 481 en The Mystery Train Disappears


Y si los convoyes y la vida de los pasajeros en su interior son protagonistas en muchas literaturas, en el caso del Japón también lo son las estaciones por el hecho de marcar la centralidad de los núcleos de población. El conocido autor Haruki Murakami (1949) justifica que el protagonista de su novela Los años de peregrinación del chico sin color (2013) con un pasaje magnífico del que hablamos en el post de 4 de diciembre de 2013 conmotivo de su aparición.


Estación de Shinjuku en Los años de peregrinación del chico sin color


domingo, 3 de enero de 2016

Cubiertas con trenes IV


Para este primer post del año 2016 retomamos la serie sobre cubiertas de libros, un tema ligero que ayude a la reentrada en la atmósfera de la rutina cotidiana. Nos fijamos en esta ocasión en cubiertas de novelas con notable contenido ferroviario que han dado pie a películas o series de éxito, a condición, claro está, de que el ferrocarril esté presente en su ilustración.

Se han seleccionado casos en los que el título de la novela y el de la película coinciden, de los autores que tienen diversas obras de tema ferroviario se ha escogido una de ellas y, naturalmente, aunque se reproducen 17 cubiertas, quedan muchas en la reserva para otra ocasión.

Una curiosidad y un acertijo: una de las novela que se presentan fue escrita a raíz del éxito de la película. ¿Saben cuál es?

















Los posts anteriores de esta serie de cubiertas de libros con trenes los encontraréis en abril de 2013 (tema policíaco),  julio de 2013 (elementos ferroviarios como metáfora de la vida) y octubre de 2014 (historias románticas y eróticas).

jueves, 17 de diciembre de 2015

Coches profusamente historiados


La galeria de arte ferroviario virtual Railarte.es ofrece, bajo el título La imagen del ferrocarril del siglo XIX al XXI, las obras que forman parte de una colección iniciada hace más de veinte años por un profesional ligado a los ferrocarriles con un gran aprecio por las artes plásticas, lo que le ha conducido a reunir una colección cuyo hilo conductor es el tren. Es la única muestra con esta temática existente en España. La colección está compuesta por más de cuatrocientas obras (óleos, grabados, acuarelas, dibujos, collages…) entre las que se encuentran representadas distintos estilos (hiperrealismo, impresionismo, naif). Abarca desde los inicios del ferrocarril en el siglo XIX hasta nuestros días. La mayor parte de esta colección está depositada en la sede de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles en una exposición con una selección de grabados. Otra parte se puede contemplar en la sede de la Asociación Monfortina de Amigos del Ferrocarril. También se puede ver en exposiciones temporales que se realizan por diferentes lugares del país.

Recientemente la colección se ha incrementado con un conjunto de ocho grabados procedentes de Alemania, de autor desconocido. Tres de ellos corresponden al Rheingold, el mítico expreso que circuló entre 1928 y 1987 entre Rotterdam, Utrecht, Düsseldorf, Colonia, Karlsruhe, Baden-Baden, Freiburg y Basilea.



Los otros cinco corresponden a trenes imperiales al servico de Jorge V, Luís II de Baviera, la kaiserina Augusta Victoria y del kaiser Otto von Bismark.


Estas nuevas incorporaciones son una buena oportunidad para darse un paseo tranquilo por Railarte y disfrutar de sus múltiples tesoros.


martes, 1 de diciembre de 2015

Nostalgia del tren en Chile


Detalle de E 3234 en Alameda 1977 (2012), acrílico sobre tela, 60 x 130 cm
El pasado mes octubre la sede del Congreso chileno, en Valparaíso, acogió la exposición Trenes de Chile del pintor Eduardo Garcés. A pesar de haber nacido en 1981, Garcés siente pasión y nostalgia por un material ferroviario que no ha visto circular y sobre el que se documenta para poder representarlo en un entorno y con un esquema de pintura absolutamente riguroso.

El propio artista indica que: "Mi pintura la manejo desde la perspectiva del realismo, enfocándome en los contrastes, resaltando la luz y la sombra. En mi pintura ferroviaria propongo un sentido homenaje a lo que fue el glorioso ferrocarril Chileno. Esta pintura es sin interrupciones, sin brumas nostálgicas, sino que simplemente la contemplación de nuestros trenes y equipos ferroviarios tal cual, y a través de la historia, recorriendo los diferentes lugares de Chile. Estas visiones son representaciones propias y no corresponden directamente a una reproducción fotográfica."

 D7123 en Barrancas, 1963. Acrilico sobre tela (2013)
La obra de Eduardo Garcés tiene mucho en común con la de los españoles Javier Banegas, Ricardo Moraga, Ricardo Sánchez y, a más distancia José Miguel Palacio o Xenxo Gómez. ¿Qué tienen común estos artistas? Varias cosas: practican el hiperrealismo en alguna de sus variantes, tienen una mirada nostálgica sobre el ferrocarril, presentan como indiscutible la belleza formal del material y representan los aspectos mecánicos de las locomotoras con documentado conocimiento. 


Al mismo tiempo, una seguidora de este blog aportaba la referencia de la publicación del libro de Julio Ortega Ilabaca El maravilloso viaje del Longino (2012) que narra un viaje en el Ferrocarril Longitudinal Norte, realizado por el autor a los quince años, ida y vuelta a Iquique en 144 horas. Más allá de ser un libro de viajes o de descripción de líneas perdidas del patrimonio cultural de Chile, la obra tiene interés literario. Ambientado en 1973, el protagonista realiza una especie de viaje iniciático a la madurez, y reflexiona sobre el propio viaje, la manera de abordar el paso del tiempo y la meditación sobre lo que contemplamos desde la ventanilla.
El Longino continuó rumbo a la nada, marchando sobre sí mismo por una tierra carente de distancia y si no hubiera sido por el sonoro traqueteo de los bogies sobre los cuales descansaba el coche, habría tenido la certidumbre de que sus ruedas giraban suspendidas en el aire.

En la misma línea férrea se ambienta la novela Los trenes se van al purgatorio (2000) de Hernán Rivera Letelier. Durante cuatro días y cuatro noches acompañamos a una singular galería de personajes cuyas vidas y vitalidad contrastan con el entorno vacío del desierto de Atacama y las penurias de los habitantes de las oficinas salitreras en las que tiene parada.

El tema de fondo de la obra es la construcción, la vida y la desaparición de este ferrocarril, pero un viaje en tren de cuatro días da de sí para que se planteen conflictos religiosos, se produzcan discusiones  políticas, se reflexione sobre el viaje y emerja la sensualidad.
«Siempre que viajo en tren aprovecho de verle la suerte a los pasajeros», le había dicho madame Luvertina. Que el viajar era un estado ideal de relajamiento, pues las personas se volvían mucho más perceptibles, más sensibles, más emotivas. En un arrebato lleno de inspiración, la brujita le había aseverado que el hecho de viajar, sobre todo en tren, sumía a hombres y mujeres en un estado como de crepúsculo. «Como de crisálidas en su envoltorio de gasa», le había dicho.
(...)
En el sexto coche llama su atención una inmensa matrona de carnes blancas, vestida también enteramente de blanco. Su humanidad casi ocupa dos asientos. Y pese a que transpira como bestia, y a que en las aletillas de la nariz le negrea visiblemente el hollín del humo de la locomotora, su dignidad y altivez resultan abismantes. Mientras el acordeonista la observa encandilado, alguien le susurra al oído que esa hembra paquidérmica es una meretriz pampina a la que llaman «La Ambulancia».
«Si quiere, puede venir a verla por la noche», oye que le dicen.
Otra novela del mismo autor, El vendedor de pájaros (2014) está tambien ambientada en el Longino, aunque en este caso el tren sirve para que el protagonista llegue a la oficina salitrera Desolación, ​único punto de agua para el ferrocarril en muchos quilómetros, donde se desarrolla la trama. Ahora el tren sirve para construir metáforas en la explotación minera:​
A lo lejos, el rumor de motores y émbolos y poleas de las máquinas era como el ruido lejano de un tren fantasma acercándose sin llegar jamás.
(...)
Mis sueños están atravesados todos por un tren, el tren del sur, el tren que me trajo de mi tierra y que algún día me llevará de vuelta a ella. El tren como el corcel de fierro de mi príncipe azul, ese hombre soñado que debería entrar a la estación capitaneando la locomotora con su gorra de visera y haciendo sonar esa campana de bronce que a mí siempre me ha parecido irreal. De ahí que cada vez que oigo tañer una campana, sea la de la escuela o la de la parroquia o la que se hace repicar en casos de incendio, mi corazón se encabrita y siento al tren corriendo a todo humo por las praderas del sur, por las líneas incólumes de mi memoria, en donde los destellos de mi infancia son como las ventanillas de ese tren mágico.


Buena pintura y buena literatura chilena que merecen ver cumplidos sus deseos de que los planes de recuperación de la red de ferrocarriles prospere.


martes, 17 de noviembre de 2015

Ferroviarios creativos


La exposición que se inaugura hoy en la sede de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles nos trae de nuevo a la mente la cuestión de si los trabajadores del ferrocarril son un colectivo profesional especialmente aficionado a cultivar las artes.

Vayamos por partes. El Palacio de Fernán Núñez de Madrid, sede de la FFE, acoge la exposición Otras miradas. Galería de artistas ferroviarios, que muestra las obras pictóricas y escultóricas de un grupo de artistas cuyo nexo es ser trabajadores de Adif. Reúne veintidós obras de once autores (1) de diferentes generaciones, géneros y tendencias e instrumentos expresivos diversos. La exposición permanecerá abierta de lunes a viernes (excepto festivos y 7 de diciembre), de 11 a 20 horas, hasta el 12 de diciembre de 2015.

De entre las obras expuestas, a este blog, por su temática, le corresponde destacar óleo Maniobra de Javier Marcos (Almería, 1963), una tela de factura realista que representa la tarea de enganche de una máquina en la formación de un tren. Como sea que este artista tiene más obra de tema ferroviario, convendrá dedicarle una entrada en el futuro.

Javier Marcos. "Maniobras". Óleo sobre tabla. 
70 x 50 cm. 2006.
Hemos puesto el acento en esta obra, pero toda la exposición merece una visita, tanto por la calidad y variedad de las obras, como por el vínculo que une a los autores. Estos 11 artistas no son un caso aislado, sino que se suman a una larga tradición de ferroviarios pintores, escultores, novelistas, poetas, miniaturistas, cantantes, compositores y un largo etcétera de actividades artísticas o artesanas, cultivadas por puro placer y afición, estén vinculadas o no al mundo del ferrocarril.

Efraim Ortega Padill. “Sin título”. 
Láminas de acero de 4 mm. 2014.
Volvemos así a la cuestión inicial. Puede aventurarse que hay dos razones por las cuales los ferroviarios históricamente han sido más dados a la práctica amateur de las artes que otros colectivos similares. 

En primer lugar, la continuidad en el trabajo es y ha sido siempre una puerta abierta al cultivo de las aficiones artísticas, y trabajar en el ferrocarril era, desde sus inicios, una garantia de estabilidad. Esta percepción no se dio solamente en el siglo XIX, sino que hay testimonios de ella hasta los años de la posguerra; éste es también el motivo por el cual los ferroviario siempre fueron vistos como buenos partidos. 

José María Redomero. "Número 3".
Óleo sobre lienzo. 100 x 80 cm.
2012-2013
La segunda razón es el cariño que los ferroviarios suelen tener por su entorno de trabajo. La garantía de un sueldo periódico, sobretodo durante el siglo XIX, era una característica compartida por los mineros y algunos otros empleos industriales, pero hay mucha más incidencia de inclinaciones artísticas en los ferroviarios que en otros menesteres. La explicación mas plausible es la pasión por el propio entorno laboral, y corrobora esta idea el hecho de que los temas de pintores, dibujantes, poetas y maquetistas suele tener como germen el deseo de preservar el recuerdo de máquinas, estaciones, líneas o paisajes en constante cambio o en riesgo de desaparición.

Azuzena Herrero. "Armonía". 
Óleo sobre lienzo. 46 x 55 cm. 2006
Los once ferroviarios y ferroviarias que les esperan estarán encantados de explicarles las motivaciones de sus obras y a lo mejor corroborarán las teorias anteriores, no dejen de visitarles.

Antonio Hernández González. "Paseo del Rastro". 51 x 69 cm. 2005 
(1) Los artistas que participan son: Ángel Sierra, Antonio Hernández González, Azucena Herrero, Cristina Sanz, Efraím Ortega, Francisco Javier Marcos, José Luis López Álvarez, José Mariano Redomero, Pepe López Prieto, Purificación Román y Ramón Rubio.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Los ferrocarriles en el arte japonés

Cuando en 1854 los estadounidenses rompieron el aislamiento japonés y establecieron relaciones comerciales, el regalo que causó más sensación fue un modelo a escala de un tren de vapor, y así lo recogieron los ilustradores japoneses del momento.


En la década de 1860, el gobierno ordenó construir una red ferroviaria y en 1872, Japón inauguró solemnemente su primer ferrocarril comercial, la línea de Shimbashi (Tokio) a Tokohama que, de inmediato, el ferrocarril que se convirtió en el mayor símbolo de la occidentalización tecnológica del país. En aquellos años eran muy populares en el país los ukiyo-e , gravados de tema tradicional (paisajes, samuráis, escenas de teatro, damas con kimono, escenas populares junto al río, etc). Estas xilografías permitían tener en las casas de las clases medias emergentes las obras de los autores más reconocidos. ¿Quien no ha visto alguna vez esta obra de Katsushika Hokusai de 1834?


El ferrocarril causaba tanta sensación que se incorporó enseguida como tema de los ukiyo-e. Lo encontramos circulando ante los veleros por los muelles de los puertos...


... cruzando por puentes sobre canales...


... o llegando a las estaciones...


Vemos como, una vez más, se cumple el principio de que no existe una pintura o un arte ferroviario, sino que cada época y cada estilo lo ha incorporado en sus parámetros. Son un ejemplo de ello los gravados anteriores, pero también la obra de tinta de Katsu Kaishu de 1872...


o esta Vista de Takanawa Ushimachi bajo la luna cubierta de Kobayashi Kiyochika (1879)


Incluso los horarios, los mapas y las guías incorporaron los estilos tradicionales en sus ilustraciones, estilo que perduró como puede verse en este horario de 1942...


... que contrasta con este cartel de la compañía ferroviaria de 1920 de clara influencia occidental.


Las estaciones y los trenes, siguieron siendo tema de grabadores, como Kitaoka Fumio y su Estación de Ueno en Tokio (1951)...


... acuarelistas como Sanzo Wada y su Trabajadores ferroviarios (1951), ...


.... o ilustadores actuales como Tatsuro Kiuchi.


Con las raíces en la tradición y las ramas al viento de la modernidad, el arte japonés sigue siendo un reflejo del orgullo de la sociedad nipona por su ferrocarril.

Nota: Las ilustraciones proceden mayoritariamente de las publicaciones de los museos del ferrocarril de Nagoya y Tokio, y del museo de ukiyo-e de Matsumoto.