domingo, 6 de julio de 2014

Los paisajes sonoros ferroviarios de The Cherry Blues Project


The Cherry Blues Project realiza sus trabajos en el remanso donde se juntan las aguas del arte sonoro, la música acusmática y el paisaje sonoro. Ellos prefieren ser reconocidos como creadores de este último concepto y, como pasa con muchas corrientes contemporáneas, es mejor utilizar las propias etiquetas de los autores que intentar clasificar la estética de la obra. En este caso, los autores son dos y se esconden bajo los pseudónimos de Blues y Cherry.

Un de los más ambiciosos trabajos de The Cherry Blues Project es El viaje. En palabras de los autores: "El viaje" es una serie de discos de Paisajes sonoros con grabaciones de campo realizadas en un viaje en tren. El viaje propiamente dicho de donde se obtuvieron las grabaciones se realizo en un ida y vuelta entre las estaciones de tren de Wilde y constitucion en Buenos aires Argentina en el año 2001".

No se hace arte desde la nada, sólo es posible crear con solidez se está enraizado en la tradición, y este es un caso evidente. En su autopresentación, The Cherry Blues Project reconoce la influencia de Fluxus, pero es evidente que su cultura musical y plástica es mucho más amplia. En el caso de El viaje, es inevitable recordar que Steve Reich utilizó en 1988 el tema ferroviario para su Diferent Trains.

La obra de The Cherry Blues Project puede escucharse en su página web donde está disponible bajo licencia Creative Commons (BY NC ND).

Cuando la visiten, les recomiendo dos temas del volumen 1 que pueden servir de antología: Station y Babies. En el primero es muy patente que el material básico es la captación del ambiente de una estación ferroviaria, pero atención, no esperen una captación realista, disfruten de oir como unos sonidos reconocibles como sonido de trajín ferroviario se convierte en material artístico de bella factura. Lo mismo se puede decir del segundo tema, pero esta vez en referencia a los sonidos de una composició circulando.

En conclusión, The Cherry Blues Project hacen evidente una vez más que el material ferroviario no deja de ser materia prima para la creación musical.por mucho que, afortunadamente, los estilos y los códigos estéticos evolucionen a ritmo de expreso.

domingo, 29 de junio de 2014

La ternura de los ferroviarios jubilados

La novela de ahora - 30 cts - El viejo ferroviario por Ignasi Iglesias
El dramaturgo, poeta y narrador barcelonés Ignasi Iglesias (1871–1928) escribió en 1924 un relato de una docena de páginas titulado El vell carrilaire (El viejo ferroviario) en el que presenta el drama de un maquinista que es jubilado anticipadamente. Pasado el disgusto inicial, decide hacer vida reposada gracias a su pensión y a sus ahorros: paseos, amigos, partidita en el café... pero todos sus propósitos son en vano y el hombre acaba yendo cada día al depósito para ver si su sucesor trata bien a la locomotora que fue suya.
Nada lo distraía de pensar en todo momento en los trenes, y en sus amigos que todavía circulaban porque eran jóvenes; y no sosegaba apenas, y casi no dormía, sintiéndose morir falto del calor de la locomotora, el indispensable complemento de su existencia. Y como atraído por su ex compañera de fatigas, o como si una fuerza invisible lo empujara, el glorioso humilde, abandonando por completo sus planes para vencer la inquietud de su espíritu y desahogar sus sentimientos, a pesar de estar jubilado, acudía asiduamente al depósito a bañarse el cuerpo en la atmósfera del trabajo, su propio centro; donde, como “estando de taller”, deberíais haberlo visto revisando su máquina por si le notaba algún desperfecto que el maquinista joven que la conducía se hubiese olvidado de asentar en el libro de reparaciones. (1)
Llega un día en que no encuentra su máquina, indaga y le comunican que ha sido destinada al desguace.
Pero él, sin resignarse, lloroso y con el doble de pena, regresó a la cochera de su compañera retirada de circulación, la miró con piedad, como a una vieja vencida por el destino, y, si no fuera porque todo el mundo lo estaba contemplando, se hubiera despedido a besos de ella con igual afecto que a un ser humano. Abatido, peor que cuando lo jubilaron, de regreso a casa, decía entre lágrimas:
–¡Pobre máquina! ¡Ya van a enterrarla!¡Qué triste, el mundo! ¡Todo en él tiene su fin! ¡Incluso ella! ¡Y eso que es de hierro! (2)
Por el tono del texto, es fácil predecir el final del relato: el viejo ferroviario morirá al mismo tiempo que su amada locomotora.

Este amor por la locomotora que describe Iglesias recuerda el descrito por el escritor ruso Andréi Platonov en la novela Chevengur, escrita por aquellos mismos años.
Lo único que producía alborozo en Zajar Pávlovich era permanecer sentado en el tejado y mirar a la lejanía, por donde, a dos verstas de la ciudad, pasaban a veces enfurecidos trenes ferroviarios. La rotación de las ruedas de la locomotora de vapor y la rápida respiración de ésta producían una alegre picazón en el cuerpo de Zajar Pávlovich; tenues lágrimas de compasión por la locomotora ponían húmedos sus ojos.
Andrei Platonov (ilustración de Ragni Svensson)
Estas expresiones literarias de relaciones sentimentales entre maquinistas y locomotoras no cabe atribuirlas a una moda literaria: Iglesias era modernista y Platonov es inclasificable aunque podría considerársele un escritor comunista pre-existencialista; el tema se encontraba ya en Zola y en Kipling treinta años antes y será retomado por Aldecoa treinta años después. La universalidad de este tópico literario tiene sus raices en la concurrencia de tres factores: primero, el alto grado de habilidad y dedicación que requería el oficio de maquinista de vapor a causa de las particularidades de cada locomotora, segundo y como consecuencia de lo anterior, el orgullo professional esgrimido por los maquinistas y, finalmente, un reconocimiento popular que se basaba en su visibilidad y en la asociación entre ferrocarril y progreso. Una vez fijado el tópico literario del carácter amoroso de la relación entre ferroviario y locomotora, la nostalgia por los tiempos del vapor ha contribuido a consolidarlo.

(1) Res no el distreia de pensar a tota hora en els trens, i en els seus amics que encara corrien perquè eren joves; i no assossegava a penes, ni amb prou feines dormia, sentint-se morir mancat de l'escalf de la locomotora, l'indispensable complement de la seva existència. I com atret per la seva excompanya de fatigues, o com si una força invisible l'hi empenyes, el gloriós humil, abandonant per complet els seus plans per a vèncer la inquietud del seu esperit i esplaiar, trobant-hi l’únic consol, els seus sentiments, amb tot i ésser jubilat feia cap assíduament al dipòsit a banyar-se el cos en l'atmosfera del treball, el seu propi centre; on, estant de taller l'hauríeu vist revisant la seva màquina per si li notava algun desperfecte que el maquinista jove que la conduïa s’hagués oblidat d'assentar en el llibre de reparacions.
(...)
(2) Però ell, no resignant-se, plorós i amb el doble de pena, va tornar a la cotxera de la seva companya retirada de la circulació, va mirar-la amb pietat, com a una vella vençuda pel destí, i fins (sinó que tothom l'estava contemplant) van venir-li ganes, per acomiadar-se'n, de fer-li petons, amb igual afecte que a un esser humà. I, aclaparat, pitjor que quan van jubilar-lo, de retorn a casa seva, deia entre llàgrimes:
-Pobra maquina! Ja van a enterrar-la! ¡Que es trist, el món! Tot, en ell, te la seva fi, tot! Àdhuc ella! I això que es de ferro!

sábado, 14 de junio de 2014

Ingenieros de caminos, canales y puertos

Fotograma de Denver & Rio Grande (1952)
En el mundo ferroviario hay varios tipos de ingenieros: industriales, telecos, de caminos, canales y puertos... Estos últimos trabajan en los trazados ferroviarios proyectando y dirigiendo la realización de túneles, zanjas, taludes y puentes.

Si el cine y la literatura se han ocupado más de los ingenieros industriales es porque pelearse para probar impresionantes prototipos de locomotoras o controlar momentos de pánico en las líneas desde el centro de control, confiere dramatismo a la acción, en cambio, el trabajo de determinar trazados, calcular túneles y dirigir obras da menos juego. Existen películas y novelas sobre la construcción de vías férreas, sobre todo en los países donde el ferrocarril no se instaló sobre el territorio ya poblado, sino que sirvió para poblar el territorio. En este tipo de obras, la tarea del ingeniero queda diluida en la epopeya de la aventura constructora, es el caso de las películas The Iron Horse (1924) de John Ford, Union Pacific (1939) de Cecil B. DeMille, Canadian Pacific (1949) de Edwin L. Marin, o de la novela El Caballo de oro (2005) de Juan David Morgan sobre la construcción del primer ferrocarril en Panamá, pero hay algunas excepciones.

En Tycoon (1947, Hombres de presa), dirigida por Richard Wallace, un ingeniero es contratado por un magnate para construir un tren minero en los Andes, pero acabará enfrentándose con él y, para mayor enredo, se enamorará de la que resultará ser su hija. La película es interesante porqué presenta un ingeniero enfrentado a un conflicto ético: ceder a las presiones del dueño de la compañía y tomar el camino más corto y barato a través de un túnel de riesgo en terreno inestable, o tomar el más largó y seguro construyendo un puente. El argumento se centra en el enfrentamiento entre los dos caracteres, pero da idea de la dureza de los trabajos de tendido ferroviario.

Denver & Rio Grande (1952), de Byron Haskin, narra la competencia de esta compañía ferroviaria con la Canyon City & San Juan para obtener el derecho de paso de sus líneas por la garganta de Colorado en la montañas Rocosas. La cinta recrea los trabajos de topografía, la toma de decisión sobre el trazado, el tendido de los raíles, el coche oficina y poca cosa más, el quehacer de los ingenieros queda eclipsado por los sabotajes, los enfrentamientos y las jugarretas de la compañía rival.

La película mexicana Viento Negro (1965), dirigida por Servando González, muestra la dificultad del cometido de los ingenieros cuando el trazado transcurre por parajes de dureza extrema. Una patrulla que realiza trabajos de topografía en el desierto de Altar, Sonora, pierde su vehículo, se ve sorprendido por una tormenta de arena abrasadora, el viento negro, y debe afrontar una situación desesperada. Lo más interesante de este film de bajo presupuesto es el retrato realista que se hace de la vida de los ingenieros, mientras que las historias de rivalidades entre el personal carece de eficacia dramática.


La novela Los túneles del paraíso (2008) del salmantino Luciano G. Egido, narra la construcción de la línea que unía Salamanca con Portugal por La Fregeneda. Estamos en los años ochenta del siglo XIX, y los protagonistas son las autoridades, los ingenieros, los lugareños, los obreros llegados para las obras y las complejas relaciones que se establecen entre ellos. La descripción de los trabajos de construcción de la línea se alterna con los retratos de los personajes, las reflexiones de uno de los ingenieros y, finalmente, las de la propia voz narrativa. Los obreros no son presentados como una masa, sino como una sucesión de personajes con caracteres y competencias profesionales distintas: carpinteros, herreros, picapedreros, barreneros, capataces, peones. Si embargo, del ingeniero protagonista apenas sabemos en qué consiste su tarea, sólo conocemos sus reflexiones, vertidas en las cartas a su prometida, que muestran su evolución:

El que más me gusta es el puente que hemos tendido sobre el humilde arroyo de Froya, que cruza el paisaje como el pórtico de un templo a la gloria del hombre. Un entorno de rocas magnifica la construcción que subraya el horizonte y amplía sus perspectivas vacías, dignificando el valle. Costó levantarlo y parecía imposible que su fábrica se sustentara tan sólida, tan airosa y, ¿por qué no decirlo?, tan elegante. Enhiesto, soberbio, su coronación fue como un triunfo de todos nosotros.
(…)
No creo que esta gigantesca obra de ingeniería, tan admirable como hermosa, que ha contado con la técnica del ingeniero Eiffel para los puentes y los adelantos más modernos para los encofrados de los túneles, sirva para acrecentar la felicidad de toda esta gente de la región, ni siquiera para traerles el progreso que tanto necesitan y que tanto les hemos predicado. 


Es una constante en la historia de la literatura y el cine que la burguesía emprendedora sea protagonista de gran cantidad de obras, y lo mismo ocurre con los trabajadores, y a nadie se le escapa de que en ello hay cargas ideológicas de diverso signo, pero el ingeniero tiene poco espacio, lo cual supone un vacío lamentable en estas manifestaciones artísticas y, en cierto modo, una injusticia para un grupo de profesionales que asume grandes responsabilidades casi siempre entre dos fuegos.

viernes, 30 de mayo de 2014

El tren especial... futbolero

Ilustración de Valentí Castanys para su texto El tren especial 

Cuando aun resuenan los ecos de los aficionados en los trenes especiales que viajaron de Madrid a Lisboa para la final de la Chanpions, es el momento de recordar un texto sobre los trenes especiales de aficionades al futbol que el dibujante, humorista y comediógrafo Valentí Castanys (Barcelona, 1898-1965) incluyó en sus memorias, publicadas en 1964. Los hechos narrados corresponden a los años veinte del siglo pasado, pues cita al mítico Paulino Alcántara. El texto, titulado El tren especial, y en traducció de este bloguero, dice así:
El ambiente futbolístico de aquellos tiempos era muy diferente al de ahora, había una gran intimidad entre los jugadores y los aficionados. Yo recuerdo auténticas manifestaciones de entusiasmo ante la casa donde vivía Alcántara después de un partido victorioso. Los jugadores se pasaban buena parte del tiempo paseados a hombros de sus admiradores. Éramos menos, pero más bien avenidos. Convivíamos, hete aquí.
¿Sabeis que costaba acompañar el equipo a Zaragoza en un tren especial? ¡Ocho duros! Ni uno más ni uno menos. Salíamos de Barcelona a la una del mediodía y llegamos a Zaragoza a las seis de la mañana, con un frío que pelaba. El aire del Moncayo bajaba hasta el Ebro y corriendo por la cuenca del río lo enfriaba todo.
El tren especial no se puede confundir con ningún otro tren. Los otros tren se paran en todas las estaciones. El tren especial no, para en todos los lugares donde no hay estación.
Una vez instalados en el vagón correspondiente, siempre había unos cuantos aficionados a la zarzuela dispuestos a amenizarnos el viaje. Si conozco "La del manojo de rosas " y " Luisa Fernanda", puedo decir que es gracias a mis desplazamientos en tren especial. A menudo, en alguno de estos viajes, surgía un cantante profesional. Recuerdo un viaje en que tuvimos de compañero de vagón al barítono Sagi Vela. Ese día el tren permaneció parado en un páramo cerca de una hora, porque el maquinista y el fogonero, atraídos por los dos de pecho, abandonaron la máquina y comparecieron en nuestro vagón. Pero no venía de una parada. A veces, a medianoche, sentíamos chirriar los frenos y, después de una sacudida repentina, el convoy se inmovilizaba. Abríamos las ventanillas. Todo estaba oscuro como boca de lobo. Casi no podíamos distinguir los empleados del tren que, empuñando un farol y un martillo, iban repicando las ruedas de los vagones.
–¿Que sucede?
Nada, que se ha calentado una rueda y habría que apartar un vagón.(1)
¿Por qué las ruedas de los trenes especiales siempre se calentaban? ¿Podría influir el ardoroso entusiasmo de los aficionados que transportaba?
El vagón de la rueda calentada era apartado a una vía muerta que yacía junto a otras vías agonizantes. 
(1) En español en el original

miércoles, 21 de mayo de 2014

El discreto quehacer de los ingenieros

Shinkansen Daibakuha (1975, Pánico en el Tokio Express)
Los dos últimos artículos en Vía Libre los he titulado El discreto quehacer de los ingenieros (I y II) y en ellos se comentaban novelas y películas que tienen a ingenieros como protagonistas. En el primero de ellos, incluí este párrafo:
En el mundo ferroviario cabe distinguir entre dos clases de ingenieros: los de caminos y los industriales, el cine y la literatura se ha ocupado de ambos, aunque poco, porque el trabajo de diseño, cálculo, ensayo de materiales o modelación rinde poco en una novela y no resulta muy vistoso en una pantalla. No debe llevar a engaño el hecho de que en USA y en Canadá la palabra engineer designa también a los maquinistas.
Al hilo de esta aclaración, el veterano periodista Gonzalo García Sánchez, también colaborador de Vía Libre, me mando por correo-e dos acertadas referencias cinematográficas que ilustran este false fried.
"En Dodge, ciudad sin ley (1939, Dodge City), al comienzo, el excoronel Dodge, promotor de la nueva línea, comenta con sus compañeros de viaje (en tren, claro) que habrá que pedirle al "ingeniero" -o sea, al maquinista actuante- que redoble la velocidad. Gajes de la mala traducción y el consiguiente reflejo en la banda sonora, vicio muy frecuente en la industria cinematográfica española: saber mal los idiomas y pronunciarlos peor, voto a Brios..."
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La segunda referencia era de Misión de audaces (1959, The Horse Soldiers), de John Ford, con John Wayne en el papel de coronel del Ejército de la Unión. Una señorita sudista, anfitriona de un grupo de oficiales yanquis, se interesa por el trabajo en la vida civil del coronel. Éste le dice que era "railroad engineer" y la dama le contesta: "!Ah, qué bonito! ¿O sea que usted conduce esas máquinas monstruosas que silban y van echando tanto humo? ¿Y va tocando la campanilla, ding, dang, ding, dang?" Y el coronel le replica: "De eso nada, señora, me dedicaba a la construcción de líneas por las que circulan esas máquinas que a usted tanto le entusiasman." Es decir: incluso para los anglohablantes el término engineer se presta a confusión y a juegos de palabras. De la secuencia, es intersante también la explicación del coronel sobre cómo ha llegado a ingeniero de vías y obras.

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Más allá del tema lingüístico, los dos artículos se centran en la escasa presencia de los ingenieros en las manifestaciones artísticas de tema ferroviario. El cine, la novela, la fotografía, la pintura y los cómics gustan de trenes lanzados a gran velocidad, de historias románticas en expresos, de estaciones con la atmósfera saturada de vapor, de paisajes deliciosos cruzados por convoyes y de viajes heroicos. Los protagonistas suelen ser esforzados ferroviarios e intrépidos pasajeros, pero… ¿Dónde están los ingenieros? ¿Qué arte se ocupa de su labor silenciosa, sesuda y de tal responsabilidad? ¿Qué creadores han reflejado su posición, a menudo delicada, atrapados entre las exigencias de las cúpulas de las compañías y las inexorables leyes de la termodinámica?

En los artículos se citan las películas siguientes: The Silver Streak (1934, El rayo de plata) de Thomas Atkins, Tycoon (1947, Hombres de presa) de Richard Wallace, Denver & Rio Grande (1952) de Byron Haskin, Viento Negro (1965) de Servando González, Moebius (1966) de Gustavo Mosquera y Shinkansen Daibakuha (1975, Pánico en el Tokio Express) de Jun'ya Satô. En el apartado de novela se hace referencia a Juan David Morgan por El Caballo de oro (2005), a Luciano G. Egido por Los túneles del paraíso (2008) y a Haruki Murakami por Los años de peregrinación del chico sin color (2013).

¿La conclusión? Que es una constante en la historia de la literatura y el cine que la burguesía emprendedora sea protagonista de gran cantidad de obras, y que ocurra lo mismo con los trabajadores, y a nadie se le escapa de que en ello hay cargas ideológicas de diverso signo, pero el ingeniero tiene poco espacio, lo cual supone un vacío lamentable en estas manifestaciones artísticas y, en cierto modo, una injusticia para un grupo de profesionales que asume grandes responsabilidades casi siempre entre dos fuegos.

Denver & Rio Grande (1952)

viernes, 9 de mayo de 2014

Rompenieves (Snowpiercer), la película


Hoy se ha estrenado en España Snowpiercer (Rompenieves, Transperceniege), la adaptación dirigida por el director coreano Bong Joon-ho de la novela grafica del mismo nombre. La versión cinematográfica bebe, como no podía ser de otra manera, de la primera de las tres partes de del cómic, la que dibujó Jean-Marc Rochette según el guión de Jacques Loeb (Lob) en 1984 y que reflexiona sobre las desigualdades sociales en un mundo tecnificado; la segunda y tercera partes, con guión de Legrand, se apartan bastante de la idea fuerza de la primera.

Argumento: Un fallido experimento para solucionar el problema del calentamiento global casi acabó destruyendo la vida sobre la Tierra. Los únicos supervivientes fueron los pasajeros del Snowpiercer, un tren que recorre el mundo impulsado por un motor de movimiento eterno. (Filmaffinity)

La historia que hemos visto en la pantalla plantea el mismo conflicto moral, que no ha envejecido en absoluto, y la manera de plantearlo se ve enriquecida por 30 años de cine y literatura que le aportan agilidad, tensión narrativa y una mirada más poliédrica. La lucha de clases sigue en el fondo del guión, aunque ahora ya no son obreros y burgueses sino desposeídos y privilegiados.

Si el cómic pecaba de falta de agilidad y de un tempo vacilante, el montaje de la película es impecable y sus efectos especiales confieren una brillantez singular a los coches donde se elabora la comida y donde viven los privilegiados, en claro contraste con el gris próximo al dibujo de los coches de los desposeídos.

La violencia, como algo visceral y atávico, está presente en toda la cinta. La mentalidad oriental del director queda reflejada en una curiosa mescolanza entre las ideas actuales sobre la sostenibilidad de los ecosistemas y la consideración tradicional de la manera de abordar y aceptar nuestro lugar en el mundo.

El riesgo de spoiler no permite ser más preciso, pero el espectador seguramente encontrará un poco pueril el uso de los niños, reconocerá la fidelidad al cómic original en el destino del héroe y estará de acuerdo en que las últimas escenas son la única concesión a segunda y tercera parte.




miércoles, 30 de abril de 2014

Eric Lomax: ferrocarril, tortura y perdón

Ya puede verse en las carteleras auropeas la película The Railway Man (Un largo viaje) del director Jonathan Teplitzky. Esta producción australiano-británica estuvo en la sección oficial del festival de San Sebastián del año pasado. En España se ha anunciado su estreno para septiembre de este año. La película es una adptación del libro autobiográfico The Railway Man de Eric Lomax.

El escocés Eric Lomax (1919 - 2012) vivió una horrible experiencia durante la Segunda Guerra Mundial cuando cayó prisionero de los japoneses. Estuvo en un batallón que realizaba trabajos forzados en la construcción del ferrocarril con que los nipones quisieron unir Burma y Siam. A raíz de la confección artesanal de un receptor de radio clandestino, fue detenido y castigado junto con otros soldados, pero cuando le encontraron un mapa de la línea ferroviaria, que había trazado por pura afición al ferrocarril, lo entregaron a la Kempei que lo torturó y encerró en una cárcel inhumana bajo la acusación de espionaje. 

Su estremecedora experiencia la plasmó en el libro editado por Vintage Books en 1995, en el que
narra el trato recibido, las secuelas que le dejó la tortura, cómo se rehizo de ellas, el odio larvado hacía los japoneses y su encuentro final de reconciliación con Takashi Nagase, su interrogador durante la sesiones de tortura por ahogo con agua. El libro, que lamentablemente no se ha traducido al español, es de un gran interés humano, pero también ferroviario. Desde adolescente Eric Lomax se consideraba a sí mismo un aficionado ferroviario profundo. En el libro nos narra sus observaciones ferroviarias en la Gran Bretaña y cómo durante la guerra y su cautiverio no perdía ocasión de practicar su afición, lo que no extrañará a cualquier entusiasta ferroviario. La fascinación de Lomax por las consecuciones de la tecnología queda recogida en los primeros párrafos del libro.
Es difícil explicar a los jóvenes nacidos en países que casi han olvidado la metalurgia pesada como eran de imponentes los procesos industriales que han conformado nuestra vidas; para mi padre, y para mi después, las grandes máquinas no eran temibles ni penosas, sino constructos admirables, tan fascinantes como la naturaleza, criaturas creadas por los humanos.
Eric Lomax fue testigo de la construcción de un ferrocarril al cual renunciaron los colonos europeos pues consideraron que el precio que se pagaría en vidas humanas sería demasiado alto. Del intento de los japoneses se dice que produjo un muerto por cada traviesa. A pesar de vivir en este infierno, su fascinación por el ferrocarril no se enfrió.
Incluso aquí, en un campo de prisioneros cercano a los responsables de organizar la crueldad a gran escala y capaces de una crueldad espontánea e inimaginable con los individuos, yo fui capaz de disfrutar con las locomotoras que me gustaban y a las que ahora estaba involuntariamente tan cercano. Un día, poco después de la partida de los grupos F y H, del lado de la nueva línea de Burma se levantó una columna de humo y vapor. No había habido antes locomotoras sobre estos raíles, y yo me levanté rápidamente. El tren, pequeño y con tres o cuatro vagones de mercancías, entró en el campo de prisioneros. Era una bella máquina preservada, construida en el cambio de siglo por Krauss de Munich. Recuerdo la alegría de su súbita aparición entre las palmeras.
En el tramo final de libro, cuando se narra el emotivo encuentro entre Lomax y Nagase, entre el torturador que pide perdón y el torturado capaz de perdonar, el autor no puede evitar describirnos la locomotora preservada que hace de muda testigo desde un monumento cercano al puente sobre el río Kwai donde se produce la cita:
Hay una locomotora de vapor C56 inmaculada, descrita por los autores del monumento como la primera en circular por la línea de Burma. Se yergue orgullosa, sus deflectores de humo pulidos, sus grandes ruedas motrices presionando la grava, su belleza, un monumento a la barbarie.
Estas famosas C56 fueron construidas a partir de 1934 para las líneas de larga distancia del Japón. Unas 90 unidades fueron construidas para anchos de vía de 1067 i 1000 milímetros y destinadas a las ocupadas Birmania y Tailandia.

Esperemos que, con el estreno en España de la película, nos llegue también una buena traducción del libro.

jueves, 24 de abril de 2014

Rompenieves, releyendo la novela gráfica


Se ha anunciado para el 9 de mayo el estreno en España de Transperceniege (Rompenieves) la adaptación al cine de la novela gráfica del mismo nombre. Mientras esperamos la película, es tiempo de recordar el cómic.

En 1984 el guionista Jacques Loeb (Lob) y el dibujante Jean-Marc Rochette, publicaron el primer volumen de la serie. En un futuro en el que el cambio climático ha helado el planeta hasta hacer imposible la vida, un tren de 1001 coches contiene toda la humanidad superviviente debidamente clasificada en coches dorados, coches de segunda y vagones de mercancías para los parias. El tren es arrastrado por una locomotora, divinizada por la población, que va equipada con un motor y una fuente de energía que, aunque muy poco a poco, va agotándose.

Un héroe que logra salir de la parte trasera, y que cuenta con el apoyo de una activista pro derechos de los viajeros de cola, consigue recorrer el tren y descubrir sus secretos y las intenciones de la clase dominante. El guión tiene una clara intencionalidad política y mantiene el interés de manera creciente, pero el dibujo, aunque es adecuado al argumento, no representa muy bien la acción y tiene un tempo desequilibrado.

En 1999, el guionista Benjamín Legrand tomó el relevo del fallecido Lob para realizar la segunda y la tercera parte de la historia. Los protagonistas de estas nuevas entregas son un explorador del exterior y la hija del presidente de la Hermandad de la Santa Locomotora, una creadora de viajes virtuales para la población que viaja en el tren. La diferencia entre el guión de Lob y los de Legrand radica en que el primero plantea el argumento en términos éticos, mientras que el segundo se pierde en una deriva sin mucho fundamento que aboca a un final nihilista. Incluso la coherencia feroviaria se rompe en las entregas dos y tres: el lector puede llegar a olvidar que la acción transcurre en un tren, sobretodo cuando éste abandona la vía sobre unas orugas y cruza la superficie helada del mar en busca del origen de una lejana señal de radio.

No es de estrañar, pues, que la versión cinematográfica se base exclusivamente en la primera parte de la novela gráfica.

A continuación unas viñetas del primer volumen que dan idea de su planteamiento.



Y ahora unas viñetas del segundo volumen, con los exploradores en acción tras una parada del tren.


Y finalmente, estas viñetas del tercer volumen con el tren avanzando por el mar helado sobre las orugas.

martes, 15 de abril de 2014

Ferrocarriles en la cartoteca


Esta es una fotografía de una carta auxiliar para la enseñanza del francés. Uno de los actos del centenario del Institut Escola del Traball (Instituto Escuela del Trabajo) de Barcelona, ha sido una exposición de piezas de la cartoteca histórica del centro. Entre mapas y láminas diversas, la mayoría técnicas como corresponde a la naturaleza del centro, destacan por su factura las destinadas a la enseñanza del francés.

Las cartas fueron publicadas a principios del siglo XX por el editor de Burdeos G. Delmas y las ilustraciones son de Emile Poissonie. Los Tableaux Auxiliaires Delmas llegaron a Barcelona en los años treinta por el pedido del profesor de francés del centro sr. Francesch Pastor.

La carta que se reproduce ilustra una estación de ferrocarril. Todos sus elementos están numerados para que profesores y alumnos puedan referirse a ellos: ferroviarios, material rodante, elementos arquitectónicos, pasajeros, equipajes, servicios, material auxiliar... Merece la pena entretenerse con los detalles.





viernes, 4 de abril de 2014

Un momento erótico y ferroviario de Marguerite Duras


Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Marguerite Duras (Gia Dinh, Vietnam, 1914 – París, Francia, 1996), novelista, guionista y directora de cine francesa. En 1986 publicó Le train de Bordeaux (El tren de Burdeos), un relato breve que se limita a aprehender un instante, a describir una experiencia vivida durante un viaje en tren. Una anécdota que se inscribe de lleno en el erotismo ferroviario.
Una vez, tuve dieciséis años. A esta edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigón, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño.
La joven entabla conversación con el hombre, le narra historias de la vida en las colonias, de sus planes de futuro. Cuando es hora de dormir, él sale a buscarle una manta y la tapa.
Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado. 
Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer (1).
Parece claro que el hecho relatado fue vivido por la autora o, al menos, es la reelaboración literaria de una experiencia personal, como ya ocurría en su obra más conocida, L’amant (1984, El amante), que narra la apaisonada relación amorosa entre una adolescente de quince años y un rico comerciante chino de veintiseis. Recibió el premio Goncour del mismo año.

Marguerite Duras es una más de la larga nómina de autores que han ambientado episodios eróticos en el ferrocarril.

(1) Traducción de Menene Gras Balaguer