miércoles, 17 de agosto de 2016

Modelos, fotógraf@s y trenes


La reconocida fotógrafa Annie Leibovitz publicó el número de febrero de 2010 de la revista Vogue un reportaje titulado Brief Encounter en el que la supermodelo Natalia Vodianova se emparejaba con el magnate de la música, Sean Diddy Combs. El reportaje se había ideado con motivo del lanzamiento de Last Train to Paris, el último trabajo del rapero y productor. El texto de Robert Sullivan decía que Diddy y Natalia se retrotraían a la época dorada de los viajes en tren, cuando viajar significaba trajes glamorosos, dormir en coches cama y besos de despedida en la estación.

Las fotografías de Leibovitz tienen un glamour cargado de un erotismo latente, como el de la película homenajeada, y consiguen que los coches, las vías y las estaciones parezcan diseñadas para el romance o, mejor, para la imagen que ahora recreamos del romance en la época de los trenes de gran lujo. El texto glosa el entorno ferroviario antes de referenciar, no olvidemos que éste es el objetivo de todo el artículo, modelo, confeccionista y precio de cada pieza vestida por el magnate y la modelo.

Los trenes han sido, desde siempre, un escenario privilegiado para la fotografía con tintes eróticos. El fotógrafo alemán Stefan Söll lo exploró en la serie Dampfloks realizada en 2002 en el depósito de Tuttlingen donde se guardaban viejas locomotoras de vapor de la antigua DDR. La serie intenta captar el contraste entre la piel brillante y suave de la modela y el color oscuro del acero, entre la calidez del cuerpo y la frialdad de la locomotora apagada.


Otro ejemplo de fotografía erótica en contexto ferroviario podría ser la serie Railway Novel (2011) de Pavel Kiselev. “Tres viajes diferentes a diferentes destinos, en distintos periodos de tiempo. Tres mujeres diferentes y tres tiernas historias. Todas ellas unidas por un viejo compartimiento de coche ferroviario y mi cámara.”, según la presentación del propio artista. Puede que sí, que una modelo se dedique más a descansar, otra a desayunar y a maquillarse y la tercera, al relajo y al autoerotismo, sea como sea, el enfoque del trabajo fotográfico es el mismo en los tres casos.



Esta tradición no afecta sólo a los fotógrafos profesionales, a los aficionados también les gusta de fotografiar a los y a las modelos en vías, interiores de trenes o montados en locomotoras. Establecer fronteras entre la fotografía artística, la afortunada, la ingeniosa, la hortera o la soez es una tarea tan difícil como inútil. Valorar si el uso del cuerpo femenino en estas imágenes traspasa la línea roja de la cosificación, el uso machista, la legalidad o el buen gusto no es tarea fácil, porque ahí intervienen factores culturales, legales, religiosos, morales, etc. En cualquier caso, algunas de las fotos que aparecen en la selección que se presenta a continuación, algunas de profesionales otras de amateurs, no dejan de desprender un cierto olor a antigua sala de circulación de una estación, de depósito de locomotoras, de brigada de obras, de mundo de hombres solos dispuestos a perpetuar tradicionales modelos de mujer.


La fascinación por el contraste entre la máquina y el cuerpo humano es un tema que no se agota. Sin ir más lejos, este mismo verano el Museo del Ferrocarril de Arnstadt (Alemania), para recaudar fondos, ha organizado una sesión para fotógrafos profesionales y amateurs que combinaba modelos y locomotoras. Los fotógrafos debían pagar una inscripción, las fotos obtenidas podían ser colgadas en sus páginas, pero para el uso comercial era necesario un acuerdo con la modelo. Los talleres, las rotondas, los coches y las locomotoras fueron los escenarios para fotografía de moda y desnudo. He aquí una muestra del resultado:




Este texto forma parte del libro Erotismo y ferrocarril (2016) editado por Maquetren y puede ser adquirido en su web.




lunes, 1 de agosto de 2016

El erotismo latente en las estaciones


En este blog hemos hablado de obras que tienen a una estación como escenario para una historia amorosa. Recordemos las películas Brief Encounter (1945) de David Lean y Stazione Termini (1953) de Vittorio de Sica, o los relatos Darrers moments (1957, Últimos momentos) de Mercè Rodoreda y Hotel Estación (2003) de José Francisco Ventura.

Si las estaciones tienen consolidada la consideración de escenario erótico, se debe también a los carteles de publicidad de las compañías ferroviarias y de los operadores turísticos. Parece que la edición de carteles con magníficos paisajes no es suficiente para la promoción de un destino turístico y resulta mucho más efectivo incluir en la composición una imagen de una pareja disfrutando de su felicidad en el destino anunciado o de una bella mujer convocando al potencial cliente viajero.



Algo similar ocurre con les carteles de promoción de los trenes de lujo de los años veinte: en el coche restaurante debe haber una pareja de enamorados sentada a la mesa, una solitaria dama atractiva como la Madona des sleepings o un hombre y una mujer flirteando mientras se deleitan con el paisaje que ofrece el coche panorámico.



Jugando con las palabras y la profusión de pin-ups en los carteles de promoción de las compañías, la Suthern Railway System (USA) publicó un cartel que, bajo el título Our Pin-Up Girl!, mostraba a una empleada del ferrocarril poniendo alfileres en un mapa para marcar los emplazamientos de las industrias que se habían trasladado a las inmediaciones de las líneas de la compañía para tener buen servicio de transporte.


Si estos carteles, al decorar las estaciones, las están señalando como espacio para el romance, en la estación de Saint Pancras de Londres hay una escultura de bronce en la cabecera de las vías, obra de 2007 de Paul Day, llamada The meeting Place, que consagra definitivamente la estación como lugar de encuentro. La obra, de nueve metros de altura y veinte toneladas de masa, muestra una pareja en un tierno abrazo.



Este texto forma parte del libro Erotismo y ferrocarril (2016) editado por Maquetren y puede ser adquirido en su web.

lunes, 18 de julio de 2016

Fracasos amorosos en el tren


Los intentos de conquista en el tren no siempre salen bien. Hay mucho deseo suelto y mucha historia mejorada al ser explicada y, sobretodo, mucho chasco que ni se menta. De este mito que acaba siendo la correría en el ferrocarril ya dio buena cuenta la literatura a los pocos años de ponerse en marcha los convoyes.

En el relato costumbrista y humorístico La belleza ideal (1858) de Pedro Antonio de Alarcón, el joven protagonista, excitado por su sueño de realizar su propia hazaña en un viaje ferroviario, pone en marcha todas sus artes:
Al entrar yo en el vagón del tren de primera clase que debía traerme de Aranjuez a Madrid me encontré con lo que más había deseado al salir de mi pueblo; con el bello ideal de las aventuras; con una compañera de coche, bella, elegante y sola.
–¡Drama tenemos! –me dije para mi capote–. Buenas tardes... –dije para la capota de mi vecina.
–Buenas tardes –respondió la mujer de la capota.
Pero ¡qué capota! Y ¡qué mujer! Treinta años, egregia pechera, ojos soñolientos, traje escocés, nariz algo levantisca, bonitos dientes, blanquísimas mangas, manos guanteadas con primor, hoyos en las mejillas, relojito de oro, atrevido peinado, un perro habanero, un precioso saco de noche, sombrilla de color de tórtola, mantón gris de capucha caído por la cintura, cintura redonda, escote alto... y un libro..., quizás una novela..., una novela cuyo héroe podría muy bien parecerse a mí… Tal era mi compañera de viaje. Una reverencia fue la contestación a mi saludo.
(…)
–Parece usted andaluz
–Como que soy cordobés… ¡Lo habrá conocido usted en el acento! Usted parece también andaluza, no por el acento, sino el tipo… Esos ojos…
Aquí debí de ponerme muy colorado. Lo que puedo asegurar es que se me secó la boca y no pude continuar la frase. La mujer extraordinaria me miró en tercera, cosa que hacía con sumo primor; y dijo enseguida, dirigiendo al cielo otra mirada que podré llamar ataque falso, o si se quiere fingimiento.
–¡Estos ojos, señor mío..., me han hecho sumamente desgraciada!
–¡Oh, ventura! –repliqué sin saber lo que me decía.
La dama misteriosa fijó en mi boca otra mirada baja recibiendo (que así mezclaba la esgrima con la tauromaquia), y replicó lentamente:
–Preferiría tenerlos azules... como usted. Y se puso colorada.
Pero el cazador es cazado por la que cree una belleza ideal. Acepta la hospitalidad que le ofrecen ella y el gordo marido que la aguarda en el andén, y, después de una noche de inútil espera ansiosa, descubre que la mujer es la patrona de la pensión que él ha creído una casa particular y que ha utilizado el coqueteo para que recale en ella.

Habían pasado sólo siete años de la inauguración del ferrocarril de Aranjuez a Madrid y la literatura ya proporcionaba un relato en el que se satirizaba la expectativa de conquista de los viajeros a la caza de una hembra apetecible, si bien es cierto que Alarcón no hace otra cosa que transponer al escenario ferroviario un tema clásico de la literatura satírica, la del don Juan que sale trasquilado de su lance.


El personaje de Alarcón puede consolarse de su fracaso diciéndose que él ha puesto de su parte todo lo que ha podido, mientras que el que fracasa por su incapacidad de actuar parece que se queda con un sabor más amargo en la boca. Con su sutileza habitual, Thomas Hardy capta, en el poema Faintheart in a Railway Train (1925, Corazón tímido en un tren), el momento en que el viajero fabula pero no osa lanzarse, de manera que el fracaso sólo a él le es imputable:
A las nueve de la mañana pasó ante una iglesia,
A las diez bordeó el mar,
A las doce una ciudad de humo y suciedad,
A las dos un bosque de robles y abedules,
Y luego, en una plataforma, ella:
Una radiante desconocida, que no me vio.
Yo dije: "¿Me atrevo a bajar a por ella?"
Pero me quedé en mi asiento buscando un pretexto,
Y las ruedas se movieron. ¡O quizá,
Me hubiera podido bajar allí!
El escritor ampurdanés Josep Pla plantea también el tema de la osadía, o la falta de ella, en su relato El que us pot esdevenir: res (1950, Lo que os puede suceder: nada). El protagonista, que nos narra su vivencia en primera persona y a toro pasado, entra en conversación con una mujer en el pasadizo de un tren, ella le propone que baje con ella en la ciudad donde ha de realizar una gestión, él la sigue, ella sabe que aquella noche su marido le será infiel y quiere vengarse, pero el protagonista acaba no acudiendo a su habitación en el hotel por la vanidad de no querer ser utilizado, a la mujer esto le agrada y duerme sobre su pecho en el tren de regreso; se despiden en la estación principal sin haberse dicho los nombres. Cuando explica el momento que entra en contacto con la mujer, la voz narrativa dice:
Me sorprendía de mí mismo, tan tímido en tierra firme y tan lenguaraz en aquel pasillo y a aquella hora. Era el tren, evidentemente. En el tren todo el mundo se vuelve amable, soñador, y se deja llevar por la osadía.
En la mítica entrevista de 1976 en Televisión Española, Joaquín Soler Serrano le preguntó a Josep Pla sobre sus viajes en barco. El ampurdanés cantó las maravillas de viajar en este medio, pero al final de su respuesta dijo:
El tren es otra cosa. Por ejemplo, es bueno para hacer un viaje de Port-Bou a Estocolmo pasando por París... Los trenes van mejorando y ganan en rapidez. Hay que viajar con unos amigos y jugando al tute. Y pasar horas en el coche bar y el coche restaurante. Y hacer declaraciones de amor a una señora que uno encuentre por los pasillos. Para eso el tren es colosal, porque uno dice una frase, la señora mira al paisaje y se le ve en los ojos el efecto que le ha producido. En cambio, esa gente que se declara en el cine... no lo comprendo, en el cine no se ve nada.

En otras ocasiones, el planteamiento del autor, en este caso guionista, nos coloca ante la duda de si puede considerarse un fracaso un lance que, aunque no culmine, ha sido rico y vívido en su planteamiento. Ultimo metrò (1999, El último metro) es un corto de Andrea Prandstraller producido por Tinto Brass en el que un joven, que está solo en una estación de metro por la noche, ve asombrado como en el andén de enfrente una chica empieza a subirse la falda y a contonearse como una estriper. Él le pone música al baile con su casete portátil. Cuando acaba el baile y se baja la falda, la aplaude. Se miran con deseo. Ella empieza a desabrocharse la blusa, pero aparece un aguafiestas, ella se aparta de su campo visual, se desnuda, vuelve a ponerse la gabardina, regresa al centro del andén y hace flashes abriendo y cerrando la gabardina a la vista del chico, que suda y babea. Pasa un convoy y el aguafiestas sube a él. Vía libre. La chica hace ahora un estriptis integral, y cuando el espectáculo sube de tono, el jefe de la estación ve a la chica por la cámara de seguridad. El chico y el jefe de estación corren hacia el andén de la chica, pero cuando llegan, ella ya ha marchado con el último tren.


Este texto forma parte del libro Erotismo y ferrocarril (2016) editado por Maquetren y puede ser adquirido en su web.

domingo, 3 de julio de 2016

Roberto Alcázar y Pedrín maltrataban los trenes


Cuando en 1940 el guionista Juan Manuel Porto y el dibujante Eduardo Vañó lanzaron Roberto Alcázar y Pedrín, poco podían esperar que la serie aguantaria 36 años y llegarían a publicarse 1219 números.
La serie ha sido motivo de análisis desde todos los ángulos: ideologia subyacente, calidad de los dibujos, lenguaje, patrones estéticos de los personajes,  influencias diversas, etnocentrismo, misoginia... Realmente aparecen pocas mujeres en la serie y siempre como mujer florero o en papeles de mala.


Los trenes no salen mejor parados: hay pocos y no aparecen muy favorecidos. El tercer episodio se titula El misterio del expreso azul y esta ubicado en Argentina. Roberto Alcázar y Pedrín entran en acción cuando una banda de malechores que actuan en la línea del expreso azul secuestran a la hija de un conciudadano español. Las viñetas con interiores, un coche de asientos y un coche restaurante, tienen perspectivas imposibles...


... y la imagen de los tres coches recién detenidos habla por sí sola.


En esta escena se supone que Roberto Alcázar ha conseguido frenar el corte del comboy que bajaba a tumba abierta por la vía junto al acantilado.


En un episodio posterior, El tren de la muerte, encontramos a nuestros héroes en los Estados Unidos y, en esta ocasión, ayudan a una compañía maderera. 


En esta secuencia, con un camión, unas pértigas y mucho músculo, contribuyen al frenado de un tren desbocado.


En Asalto al tren correo (1965) el guionista no maltrató al tren, pero sí a los ferroviarios, pues el método escogido para detener el convoy es colocar una caja con abejas en la locomotora y otra en el vagón de correos para que la curiosidad de los empleados haga el resto.


También apareció un número llamado La dama del expreso, un título con evidentes ecos a la película que había hecho furor por aquellos años y con unas ilustraciones que recuerdan las aventuras cinematográficas de Helen Holmes.

jueves, 16 de junio de 2016

Mujeres que ven dramas por la ventanilla del tren


Cuando se viaja en tren cómodamente sentado junto a la ventana suele haber, al menos, tres opciones: contemplar al resto de viajeros, mirar el paisaje por la ventanilla o leer un buen libro. Las tres protagonistas de la entrada de hoy decidieron mirar por la ventanilla y se metieron en líos.

En 1945 el director americano Charles David dirigió la película The Lady on a Train (La chica del tren) protagonizada por Deanna Durbin. El guión se basó en un relato de Leslie Charteris, conocido por su serie sobre Simon Templar “el Santo”. Una mujer viaja en tren y es testigo desde la ventanilla de su compartimiento de un asesinato en un edificio próximo a la vía. La policía no le hace caso y la joven recurre a un popular escritor de novelas de misterio para que le ayude a resolver el crimen.


Agatha Christie publicó en 1957 la novela 4.50 from Paddington (El tren de las 4:50). Una amiga de la entrañable miss Marple ve desde la ventanilla de su compartimiento un asesinato que se produce en el tren que en aquel comento está circulando en paralelo con el suyo. La policía da poco crédito a su denuncia y será la inefable anciana quien resuelva el misterio. Las similitudes entre los dos argumentos son más que evidentes por mucho que el primero se sitúe en la colonia rebelde y el segundo en la metrópoli. Hay varias versiones para el cine y la televisión de este relato. La más reciente es de 2004, dirigida por Andy Wilson y con Pam Ferris en el papel de Elspeth McGillicuddy.

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Con un título muy parecido al de la película de Charles David, The lady on the train (La chica del tren), la escritora británica Paula Hawkins consiguió un bestseller en 2016. De nuevo, la protagonista es una mujer que viaja en tren y mira por la ventanilla. En este caso, la protagonista coge cada mañana el mismo tren de cercanías, que hace la misma parada ante la misma luz roja. Cada mañana ve a una pareja desayunando en su casa, les pone nombres y fantasea sobre ellos hasta que llega un día que ve algo que desencadena el drama.
El tren se vuelve a poner en marcha con una estridente sacudida, la pequeña pila de ropa desaparece de mi vista y seguimos el trayecto en dirección a Londres con el enérgico paso de un corredor. Alguien en el asiento de atrás exhala un suspiro de impotente irritación; el lento tren de las 8.04 que va de Ashbury a Euston puede poner a prueba la paciencia del viajero más experimentado. El viaje debería durar cincuenta y cuatro minutos, pero rara vez lo hace: esta sección de las vías es antigua y decrépita, y está asediada por problemas de señalización e interminables trabajos de ingeniería.
El tren sigue avanzando poco a poco y pasa por delante de almacenes, torres de agua, puentes y cobertizos. También de modestas casas victorianas con la espalda vuelta a las vías.
Con la cabeza apoyada en la ventanilla del vagón, veo pasar estas casas como si se tratara del travelling de una película. Nadie más las ve así; seguramente, ni siquiera sus propietarios las ven desde esta perspectiva. Dos veces al día, sólo por un momento, tengo la posibilidad de echar un vistazo a otras vidas. Hay algo reconfortante en el hecho de ver a personas desconocidas en la seguridad de sus casas.

Ya saben, si quieren evitarse problemas, suban al tren con un buen libro o una buena película en la tableta, incluso pueden escoger una obra en la que una mujer mire por la ventanilla del tren en que viaja.

miércoles, 1 de junio de 2016

Cantando a las estaciones

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La lista de canciones de tema ferroviario es enorme, pero no son tantas las que hablan de una estación o reflejan el ambiente de alguna de ellas. Las encontramos en todas las lenguas y con todo tipo de temas. He aquí cuatro ejemplos de lo más dispar. Las tres primeras son convencionales, no se pierdan la sorpresa de la última.

Johnny Cash puede encabezar la lista con Destination Victoria Station, un tema de 1975 que se inscribe en la larga tradición de música country de tema ferroviario.
De pie en la estación
estoy mirando los paneles
Los indicadores no dicen nada
que aligere mi pesar
Es su destino Victoria Station?
Donde los trenes van y vienen
Donde los trenes van y vienen
El nombre de su padre era Casey
ella vivía vía bajo
Sé que nació para vagar,
pero yo creía que volvería
Destino Victoria Station.
Donde los trenes van y vienen
Donde los trenes van y vienen
Destino Victoria Station.
Le pregunté a un viejo revisor
que llegó de la costa:
¿Vió a una señorita menuda
que parecía como si me echase de menos?
Destino Victoria Station.
Donde los trenes van y vienen
Donde los trenes van y vienen
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Unos años antes, en 1967, el cantautor francés Léo Férre incluia la canción Les gares, les ports en el álbum Cette Chanson, que crea un ambiente completamente distinto. La letra tiene un punto de surrealismo y sorprenden las referencias a la SNCF y a la RENFE.
Las estaciones son estúpidas
excepto para la vista.
En el humo,
ciudades perdidas
y pañuelos
que extienden su nariz
a las despedidas
a lo largo de los andenes
Las estaciones son estúpidas
S.N.C.F.
Yo prefiero los trenes
de la R.E.N.F.E.
y los libros
que no tienen horario
que pasan bajo la
luz familiar.
(...)
 Y ya que el cantante francés ha citado a la Renfe, cruzamos los Pirineos. En 1980 el también cantautor Joan Isaac grabó A l’Estació de França en su LP Barcelona Ciutat Gris. Ahora la letra tiene la clara intención de presentarnos la estación como un escenario donde se refleja fidedignamente el pulso social de la ciudad. Puede escucharse aquí.

En la Estación de Francia
hay humo y vías muertas,
y dos marinos que huyen
con paso angustiado.
Hay amantes que se despiden
y alguien que vuelve a casa
y gente del sur que parte
a buscar la suerte.
(...)
En la Estación de Francia
hay putas que se pasean,
y gente que viene de Argelia
que se vende la sangre y el nombre.
Hay contrabandistes
que muestran mil Relojes,
perfumes venidos de Asia,
cartonés de tabaco rubio.
Y para acabar, una canción desaforada en español que puede herir la sensibilidad del aficionado ferroviario. Se trata del tema Demolición, de 1964, de Los Saicos. Este curioso grupo peruano tuvo una vida artística muy corta, pero fue considerado precursor del punk. Demolición se convirtió en un referente del rock peruano que no ha dejado de ser versionado por bandas de todo el mundo, incluidos ellos mismos cuando se reencontraron para tocar en los años diez. El tema reza tal que así:
Ta ta ta tatattayyayayayayayyaa
echemos abajo la estacion del tren
echemos abajo la estacion del tren
echemos abajo la estacion del tren
echemos abajo la estacion del tren
demoler demoler demoler demoler
echemos abajo la estacion del tren
demoler demoler la estacion del tren
demoler demoler la estacion del tren

Uno se pregunta qué mala experiencia tuvieron estos chicos con el ferrocarril, en cualquier caso puede encontrarse aquí en su versión original.

lunes, 16 de mayo de 2016

Caminos de hierro 2016


Esta serie de la fotógrafa rusa Nataliya Kharlamova (1978) titulada Train to Siberia ha ganado la 28ª edición del certamen fotográfico Caminos de hierro convocado por la Fundación de los Ferrocarriles Españoles. El valor de esta serie de fotografías yace en la invisibilidad del fotógrafo, propia de quien ha invertido tiempo y respeto en los espacios que fotografía. Además, se suma el mérito de haber fotografiado sin la posibilidad de planificar espacios, acciones y tiempos, circunstancia que dota las imágenes de un ambiente veraz con el que cualquier espectador puede imaginar sensaciones, olores, emociones, es decir, historias globales, más allá de la propia imagen.

Le pregunté a Natasha Kharlamova qué aspecto del ferrocarril llamaba más su atención al acercarse a él como fotógrafa y la respuesta fue absolutamente concordante con la serie con la que ha ganado el premio: “La gente es el tema que más me interesa como fotógrafa. Así que, ante todo, los trenes me interesan como lugares donde puedo observarla. Especialmente los coches de segunda clase de los trenes rusos donde puede haver 54 pasajeros viajando muy juntos en un espacio común durante varios días.


El segundo premio ha sido para Niebla, kilovatios y velocidad del argentino afincado en España Alejandro Caporale (1972). El aspecto fantasmagórico de la fotografía dista mucho de las tendencias saturadas, brillantes y súper enfocadas del retoque fotográfico que se lleva ahora influenciado por el mundo publicitario. Entre la fotografía de arquitectura y la de paisaje, establece un diálogo interesante entre el elemento natural, casi inválido en una esquina, y la imponente obra de hormigón de líneas rectas del viaducto.


El premio Autor Joven ha sido para la obra Búsqueda de la fotógrafa vasca Sara Berasaluce Duque (1992). Presenta un interesante juego de perspectivas, geometrías y un punto de fuga muy activo que invita a repasar a todos los personajes que aparecen en la fotografía. La iluminación clara del personaje femenino y su mirada acaba reclamando la atención del espectador porque sugiere un viaje íntimo y con un punto de nostalgia, un instante único que comunica toda una historia particular. Los colores asépticos y el ambiente impersonal, característico de un no-lugar como es un tren, contribuyen a lograr este efecto. 

Por los que respecta a los accésits, esta es la elección del bloguero, realizada con criterios de pura afición por el arte ferroviario:


La fotografía de Max Álvarez, que recoge el ensimismamiento de los viajeros, nos hace pensar en el fotógrafo japonés Daidō Moriyama del que hemos hablado muy recientemente.


La fotografía de Wilhem Scholz es atractiva por la composición, punto de fuga y geometrías. El tema parece a las antípodas de la obra de Weber, también referida en este blog.


Suspended de Simone Maestra tiene el encanto de, por un lado, ofrecernos una mirada elegante del tren y del puente y, por otro, el de ser una fotografía que hace pensar en un alzado de un plano técnico.

Al concurso, dotado con 16.000 euros, se han presentado 5.045 fotografías de 2.183 autores procedentes de 46 países, lo que supone un incremento del 100% tanto en número de fotografías como de participantes y países de procedencia de los mismos en relación a la edición anterior. Asimismo, en esta edición las fotografías se han presentado por primera vez en formato digital y, una vez realizada una selección, los autores elegidos las han enviado en formato papel.

Las obras podran verse durante un año en distintas ciudades de la península.

Esta entrada del blog ha sido redactada con la imprescindible e inestimable colaboración de la realizadora y fotógrafa Núria Nia.


martes, 3 de mayo de 2016

La despedida del maquinista Odd Horten

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El protagonista de la película O’Horten (2007), del director noruego Bent Hamer, es el maquinista Odd Horten (Bard Owe), que toma la jubilación forzosa con 67 años y cuarenta de servicio. La película empieza con su último servicio Oslo – Bergen – Oslo y la fiesta de despedida que le ofrecen en la asociación de maquinistas, que incluye un concurso de reconocer sonidos ferroviarios y el saludo de guerra de sus miembros que puede verse en el video.

La cinta tiene un ambiente naif y lleno de ternura hacia un hombre al que acaban de jubilar de una profesión que es todo su mundo. Vemos sus paseos por la ciudad de Oslo durante los cuales recupera recuerdos infantiles, sabe de la muerte de viejos conocidos, hace amistades insólitas y, como no podía ser de otra manera, no puede resistirse a acudir al depósito a visitar las locomotoras. Poco a poco, Odd Horten va aprendiendo a disfrutar de su nueva situación y hace pequeñas locuras impensables cuando trabajaba, la más importante, ir al encuentro de la casera de la pensión en que pernoctaba en Bergen.

Valga este post como un guiño de agradecimiento a Pilar Lozano, que acaba de jubilarse como directora de la revista Vía Libre de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles.

lunes, 18 de abril de 2016

Terror en las líneas de metro


Kontroll (2003), del director húngaro Nimród Antal y que obtuvo premios en los certámenes de Cannes y Chicago, narra las aventuras y desventuras de los revisores del metro de Budapest, sus enfrentamientos con los pasajeros incívicos, sus problemas laborales y la rivalidad entre ellos. Los revisores se encuentran atrapados entra la picaresca de los que pretenden viajar sin billete y las decisiones de unos jefes a los que nunca ven y que controlan el sistema desde sus pantallas. Además, el mundo subterráneo está poblado por personajes inquietantes, como un demente que rocía con spray a los revisores en nombre de la Sociedad de Liberación de los Pasajeros, una mujer que viaja disfrazada de oso, un asesino y tipos similares. Más allá del argumento, que se sostiene por sí mismo, la película puede verse como una parábola de la tensión social en el país. 

Antes que en Kontroll, este uso ya se vio, por ejemplo, en The Warriors (1979, Los amos de la noche), pero mientras en estas dos películas existe una clara intención de analizar un contexto social determinado, en muchas otras los túneles del metro son puro escenario para películas de terror sangriento o directamente tipificables como gore. Algunos críticos quieren ver en este tipo de cintas un reflejo del malestar de las nuevas generaciones, sea eso o sea pura casquería, estas películas, que pasaron con discreción por la gran pantalla, se han convertido en cintas de culto en ciertos grupos de afición.


Death Line (1972, Sub-humanos - Raw Meat) tiene un argumento tan sabroso como el siguiente: en los recovecos de los túneles del metro londinense vive un grupo de caníbales que son descendientes de los obreros victorianos que quedaron enterrados vivos durante su construcción. Un inspector trata de descubrir el origen de esta gente y poner freno a su forma de vida.



La canadiense End of the Line (2007), de Maurice Devereux tiene como único argumento la acción de un grupo de miembros de una secta cristiana que, para salvar a los ciudadanos del inmediato apocalipsis, les asesinan con sus puñales en forma de cruz para que su alma se salve y no sea capturada por los demonios. Toda la cinta trascurre en el metro: coches, cabinas de conducción, espacios de trabajo de los ferroviarios, salas de control, túneles de maniobra. Todo con un punto de inverosimilitud.


Más inverosímil todavía es Midnight Meat Train (El vagón de la muerte) del estadounidense Ryuhei Kitamur. Un fotógrafo que intenta captar el lado oscuro del ser humano sigue la pista de un supuesto asesino en serie cuyas víctimas suelen viajar en el último metro. Para evitar el expolio, diremos solamente que el último convoy de la jornada está equipado con un coche-matadero, matadero humano, claro, y que todo está organizado, con conocimineto de las autoridades, para servir a una secreta finalidad.


Visto lo visto, quizás fuera hora de que alguna película reflejara la comodidad, la luminosidad, el espacio y la eficiencia de los metros que, en las grandes ciudades del mundo, resuelven con eficiencia los retos del transporte de viajeros. 

viernes, 1 de abril de 2016

Las inquietantes fotografías ferroviarias de Daidō Moriyama


Daidō Moriyama (Osaka 1938) es un reconocido fotógrafo japonés. El tema principal de su obra es el cambio de valores en Japón después de la Segunda Guerra Mundial. Sus fotografías muestran la parte oculta de las ciudades, tanto aquello que se esconde, como el comportamiento anónimo e inconsciente, pero significativo, de los ciudadanos. Los ambientes urbanos, los paisajes, los bares, los prostíbulos, los teatros y las estaciones de tren parece que tengan siempre un halo de misterio, como si escondieran secretos, y los actores, conductores, escolares, viajeros y transeúntes parecen que recelan de algo invisible. Este efecto lo consigue, no sólo escogiendo el tema, sino también por el uso del grano grueso, el desenfoque y el centrar la composición de manera desequilibrada.


Las estaciones, los trenes y los viajeros han merecido la atención de Moriyama, y no podría ser de otro modo dada la importancia del tren y del metro en las ciudades japonesas.  Sus paisajes ferroviarios y sus fotos de estaciones ponen el acento en las vías, como si le interesara más su destino que el paisaje que recorren. 


Los convoyes son tomados a contraluz, de manera que las columnas de vapor y humo y la luz que cruza por las ventanillas de los coches son más relevantes que las locomotoras y los vagones. 


Sus imágenes de interiores de trenes y metros al anochecer muestran a viajeros durmiendo...


... con cara de cansados o con una expresión tan desesperanzada en el rostro que el espectador se pregunta si realmente quieren volver a casa. 


Pero no todo es sórdido en sus fotos, en su deambular incansable por andenes y convoyes, siempre hay un momento para captar la mirada ilusionada de una adolescente...


... o las atractivas piernas de una viajera.


Web oficial de Daidō Moriyama: http://www.moriyamadaido.com/