miércoles, 18 de marzo de 2015

Soledad en el andén

Acabamos, que no agotamos, esta serie con una galería de personajes que, por una u otra razón, encontramos solos en un andén. Es casi obligado empezar con Soledad (1955) de Paul Delvaux, el pintor surrealista belga, enamorado de los trenes y de las mujeres, pasión que se refleja en gran parte de su obra. En la que encabeza esta entrada, la soledad de la que parece ser una joven contagia una sensación de misterio, pues no sabemos si espera, si quiere marcharse o sólo pasea por el andén.
Mucho más explícita es esta obra del holandés Evert Jan Boks, Partiendo hacia el mundo. La joven espera en una pequeña estación el tren que ha de llevarla a abrirse camino en la ciudad. Todo su pequeño mundo está contenido en el baúl sobre el que está sentada y en el bolso de mano. Ni estas dos piezas de equipaje ni su ropa son de mala calidad, lo que descarta un origen humilde, pero su cara inocente y preocupada y, sobretodo, el hecho de que no esté acompañada, nos habla de la necesidad de marchar a buscarse la vida. La mirada pícara del hombre sentado en el banco parece más la de un vecino que la conoce y está curioseando que la de un sátiro malpensado. Las verdaderas razones de la partida hacia el mundo están reflejadas en la actitud y la expresión de la joven y es al espectador a quién le toca interpretarlas.
Este es Roberto Arlt, el escritor argentino que, en la sección Aguafuertes porteñas que publicaba en el diario bonaerense El mundo en los años treinta del siglo XX, incluyó anécdotas en estaciones y trenes, como esta escena titulada Por fin....
Por fin…
Bueno; el caso es que la desconocida lloriqueaba, y el desconocido se limitaba a decir esas frases baladíes que son obligatorias, cuando uno consigue sacarse un cataplasma de encima. Sí; yo veía eso en la actitud del desconocido; esa satisfacción semioculta, y que la mujer adivinaba; y adivinaba tan bien, que de pronto comenzó a mover la mano, a decir cosas que me jugaría la cabeza, eran así:
–Vos sos un sinvergüenza. Vos me prometiste esto, y ahora te vas. Te vas y yo me mataré. Sí; yo me mataré. No volveré a querer más a nadie…
–Pero, querida; si te matas, ¿cómo podrás querer a otro…?
–Callate; sos un cínico… El hombre más despreciable que he conocido…
–Entonces, trataste a varios…
Como se comprende, un diálogo de esta naturaleza, no puede prolongarse mucho tiempo sin que una mujer no amenace con un desmayo o un escándalo. Y de allí que el desconocido sonriera. Sonriera con una sonrisa dolorosa, jovial, ciniquita, mientras que su mirada decía, más o menos:
–Ya ven ustedes; no tengo la culpa… Pero, ¿qué se le va a hacer? Las mujeres son así.
Cuando, al fin, las últimas pitadas del guarda anunciaron que el tren salía, el hombre respiró. La mujer Comenzó a llorar a lágrima viva, mientras que, aprovechando el paulatino movimiento de los coches, el hombre lanzaba unas definitivas mentiras de consuelo. Pero ella, sin responder, volvió la cabeza y yo alcancé todavía a ver el semblante del hombre cuando sonreía en el aliviador alejamiento.
La mujer queda sola en el andén. Bien, en realidad queda rodeada de todos los que pululan por él, pero se puede estar solo en medio de la multitud, como parece que está sola la mujer de esta pintura de Jack Vettriano titulada Railway Station Blues (1996).
Parece que la mujer esté sola, pero, ¿lo está realmente? El hombre que está al otro lado de la columna ¿estaba con ella hace un momento? ¿La ha dejado sola? ¿Y el tercer personaje? ¿Es un simple curioso o tiene algo que ver con la pareja, si es que lo son o lo eran?

El andén de una estación es un lugar único para detenerse y contemplar el mejor espectáculo del mundo: mirar a las personas. El observador atento y imaginativo sabrá intuir o fabular las historias que les acompañan. Muchas soledades han acabado felizmente en un andén.
Densha otoko (2005)

martes, 3 de marzo de 2015

Pasión en el andén

De las muchas escenas de encuentros y despedidas de amantes en el andén de una estación de ferrocarril, las más agradecidas para el espectador son aquellas en las que, después de que el director nos muestre la duda i el deseo en los rostros de los personajes, al final, el que está en el tren acaba bajando al andén, como en Amantes (1990) de Vicente Aranda...

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... o el que está en el andén acaba subiendo al tren, como en El amor perjudica seriamente la salud (1996) de Manuel Gómez Pereira.

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Estas dos películas españolas de finales del siglo XX tenían una tradición en la que engarzarse, por ejemplo la mítica Love in the Afternoon (1957, Ariane), de Billy Wilder. Audrey Hepburn interpreta la cándida hija violoncelista del detective privado Claude Chavasse, interpretado por Maurice Chevalier, que es seducida por un playboy americano, Frank Flanagan, interpretado por Gary Cooper. La escena final de la película, con estos tres monstruos de la pantalla dirigidos por Wilder, pasa por ser una de las mejores escenas de andén, y tiene su clímax en el momento en el que el millonario coge de la cintura a la chica para subirla al tren ante la mirada agradecida de su padre. La guinda musical final invita a una relectura de toda la cinta.

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Del mismo año y, candidez por candidez, uno se queda con la escena final de Los ángeles del volante (1957), de Ignacio F. Iquino. Un tierno Fernando Fernán Gómez y una inocente Julita Martínez son los encargados de hacer el un poco más difícil todavía: cuando ya se han despedido, el joven sube al tren en el que parte la chica, detienen el convoy tirando de la alarma, se encuentran, se abrazan, se besan  y se bajan los dos para huir por las vías hacia la felicidad.

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En todas estas escenas de andén, suele ser muy divertido entretenerse a mirar qué están haciendo los extras. La gran mayoría simplemente caminan por el andén o suben y bajan de los coches, pero en algunos casos el director les asigna la función de ser contrapunto de la acción principal. Fíjense en las cuatro escenas de hoy y lo comprobarán.

lunes, 16 de febrero de 2015

Suicidas en el andén

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La escena que abre esta tercera entrega de escenas de andén es un poco gore: 54 adolescentes suicidándose a la vez por el procedimiento de tirarse al tren cogidas de la mano. Así empieza 自殺サークル (2002, El círculo del suicidio) del director japonés Sion Sono, una película de trama policíaca en la que el inspector protagonista investiga una cadena de suicidios, que se extiende por todo el Japón, entre los fans de un grupo musical.

Cuando pensamos en suicidas de antología, la primera que nos viene a la mente es Anna Karenina, la protagonista de la novela (1877) de Liev Tolstoi:
Examinaba tranquila la estructura baja del tren: los ganchos, las cadenas, las altas ruedas de hierro fundido. Con rápida ojeada midió la distancia que separaba las ruedas delanteras de las traseras del primer vagón, calculando el momento en que pasaría frente a ella.
«Ahí», se dijo, mirando la sombra del vagón y la tierra mezclada con carbón esparcido sobre las traviesas. «Ahí en medio, sí, es donde le castigaré y me libraré de todos y de mí misma.» Le costó deshacerse del bolso rojo y perdió la oportunidad de arrojarse bajo el primer vagón. Tuvo que esperar el siguiente. Un sentimiento parecido al que experimentaba cuando, al bañarse, iba a entrar en el agua, se apoderó de ella, y se persignó. Aquel gesto familiar despertó en su alma una ola de recuerdos de su niñez y su juventud y, de repente, las tinieblas que cubrían su espíritu se desvanecieron y la vida se le presentó con todas las alegrías luminosas, radiantes, del pasado. Pero no quitaba los ojos del segundo vagón y, cuando apareció el espacio entre las dos ruedas, encogiendo la cabeza entre los hombros y adelantando las manos, se hecho de rodillas bajo el vagón.
(Sobre el papel del tren en esta novelas, pude verse esta entrada de 18 de marzo de 2013)

Anna Karenina fue la primera de muchas heroínas que acabaron bajo las ruedas de un tren. Tirarse de un puente, colgarse o envenenarse tiene la connotación de acto privado y solitario, en cambio, suicidarse tirándose al tren tiene algo de entregar la vida, de rendirse a una fuerza superior a uno mismo contra la que ya no se puede o se quiere luchar más, fuerza que, como tantas veces, es representada por el ferrocarril en marcha.

En 1900, Eduardo Zamacois, conocido entre la afición ferroviaria por sus Memorias de un vagón de ferrocarril, publicó una colección de relatos, De carne y hueso, en el que se incluía uno titulado  La muerta. Narra el drama de Martina, una guardavías destinada en un puesto inhóspito y casada con Juan, maquinista del mismo ferrocarril, que la tiene muy abandonada. Martina acaba siendo seducida por Pedro, el fogonero de su marido. Cuando es abandonada por su amante, desesperada y enloquecida, se arroja a la vía cuando pasa el tren de su esposo.


Otro grande la literatura española, el argentino Ricardo Güiraldes, publicó en 1922 la novela corta Rosaura. Un idilio de estación. Su protagonista, es una joven de alma y sueños sencillos que acude cada día con sus amigas a la estación del pueblo a pasear por el andén. Un pasajero distinguido, Carlos, al que ve a menudo, capta su atención e inicia con él un flirteo a través de la ventanilla. Del flirteo pasa al enamoramiento, El joven baja al andén durante las paradas, luego busca gestiones que hacer en el pueblo, hacen por coincidir en una fiesta, hablan… hasta que es mandado a Inglaterra por unos meses. Cuando calcula que Carlos ya debe estar de regreso, Rosaura acude cada tarde a la estación, hasta que lo ve, como siempre tras la ventanilla, pero acompañado de otra mujer. Sobre el final se extiende la alargada sombra del de Anna Karenina:
Los hierros comienzan a sonar y bufa la máquina sus grandes penachos venenosos sobre Lobos, en jadeante esfuerzo de partida. El tren va a continuar su viaje de desconocido a desconocido, de horizonte a horizonte.
Entonces la pequeña Rosaura, vencida por una locura horrible, grita, llora, despedazando en los dientes convulsos de dolor sobrehumano, frases incomprensibles. Y como una mariposa primaveral y ligera lánzase a correr entre la paralela infinitud de los rieles, los brazos hacia adelante en una ofrenda inútil, clamando el nombre de Carlos, por quien es una voluptuosidad morir así, en el camino que lo lleva lejos de ella para siempre.
-¡Carlos!... ¡Carlos!...
El férreo estrépito se aproxima. Nada son para la veloz victoria del tren sonante, los gritos de una pasión que supo llegar hasta la muerte.
-¡Carlos!...
Y como una pluma ligera y blanca, cede paso la fina figura despedazada en su muselina floreada, a la indiferente progresión de la máquina potente y ciega, para cuyo ojo ciclópeo el horizonte no es un ideal. 
Cuando alguien se suicida tirándose al tren, una víctima inocente es siempre el maquinista. El trauma que un incidente de este tipo supone para los ferroviarios queda muy bien recogido en la película Gyeongui-seon (2006, The Railroad) del coreano Heung-Sik Park. Dos jóvenes viajan por separado en el mismo vagón de un tren. Ambos se quedan dormidos por un cansancio profundo, existencial, no se apean para tomar el enlace de Seul y acaban en una estación remota que ya no tendrá circulaciones hasta la mañana siguiente. Él es un conductor de metro con unos días de permiso porque una mujer se ha suicidado tirándose al paso de su convoy, y ella ha abandonado su trabajo de profesora ayudante de literatura alemana en la universidad al descubrir la mujer de su catedrático que mantenía una aventura con él. La escena del suicidio de la mujer es interesante por cuanto la vemos desde el punto de vista del maquinista, y veremos después cómo la compañía ferroviaria le atiende. 


Parece ser que suicidarse tirándose al tren es bastante habitual en las poblaciones por las que pasa, de manera que es en ellas donde más debería atenderse el consejo de aquella mujer a una vecina: "Mira chica, si estás depre, antes que tirarte al tren, yo que tu, me tiraría al maquinista."

martes, 3 de febrero de 2015

Tropas en el andén


Algunos de los besos en el andén de la entrega anterior eran entre soldados que partían y mujeres que quedaban a la espera de un retorno incierto, y es que, desde el inicio de su existencia, el ferrocarril ha cumplido una función estratégica en los sucesivos conflictos bélicos. Los suministros parten de los ramales que entran en las factorías y de las estaciones de mercancías; los soldados parten y son recibidos en los andenes.

La pintura ha sabido plasmar la atmósfera de los andenes a la partida de los soldados cuando, en un espacio relativamente pequeño, se dan cita la marcialidad, las órdenes de los oficiales, las escenas dramáticas de despedida, los vendedores y las chanzas nerviosas de los soldados que quieren aparentar normalidad ante los que han acudido a despedirlos. El óleo de 1888 de Konstantin Savitsky, Marcha hacia la guerra, es un muy buen ejemplo de esta complejidad. Nótese que, a pesar de la multitud de temas como los citados, lo que destaca es el drama de la separación de los dos amantes: él girándose hacia ella, ella sostenida por amigas o parientes.

Le Départ des poilus, août 1914 (1926) de Albert Herter, que preside los andenes de salida de la Estación del Este de París, tiene una temática similar. El pintor americano realizó la obra como homenaje a su hijo muerto en Francia en los últimos meses de la Gran Guerra. En esta composición no hay soldados bailando ni militares dando novedades, predominan los padres que abrazan a sus hijos pequeños en el andén antes de la inminente partida.


La fotografía se ha ocupado de documentar partidas a ritmo de arenga y música de banda, recibimientos victoriosos con discursos encendidos y llegadas discretas de tropas derrotadas. También episodios peregrinos de tropas en difíciles fidelidades, como las de esta fotografía tomada en la estación de Sopron el 21 de octubre de 1921 y que corresponde al segundo descabellado intento del depuesto káiser del Imperio Austro-húngaro, Karl I, de recuperar la corona de Hungría.


También el cine ha recreado escenas militares en estaciones, especialmente el cine béico, pero como ejemplo tomaremos un fotograma de la superproducción británica Nicholas and Alexandra (1971), que utilizó la madrileña estación de Delicias en la escena en la que el zar despide y bendice a las tropas que parten en convoyes hacia el frente. El zar y la zarina reparten medallitas que han sido bendecidas por los popes presentes en el estrado. Una banda militar toca desde una tarima y la estación entera esta adornada con banderas y estandartes. 


Tanto la pintura, como la fotografía, como el cine transmiten la idea de que la partida de la tropa al frente es dura y dramática, tanto para los que se marchan como para los que se quedan; todo lo contrario de lo que parece indicar este cartel de reclutamiento, que presenta a los soldados como una alegre peña de amigos que se marchan de juerga invitando al espectador a enrolarse con el argumento de que "hay sitio para ti". Arte al servicio de la propaganda.



domingo, 18 de enero de 2015

Besos en el andén


La pintura y la fotografía de tema ferroviario han reflejado todas las actividades posibles sobre un andén: inauguraciones, llegadas y partidas de dignatarios, despedidas de tropas, regreso de heridos, reencuentros familiares, deportaciones, acogidas o adioses triunfantes a aristas, toreros y deportistas... Cada uno de estos temas da de sí para un completa colección de imágenes, pero empezaremos esta serie sobre escenas de andén con el acto más tierno, erótico y entrañable que en él se ha producido, se produce y se producirá: el beso de los amantes que se despiden o se reencuentran.

El óleo sobre tela que abre esta entrada se titula El beso y fue pintado en 2001 por Emilio Pina, un artista que siempre se ha sentido atraído el tren y su entorno. Este interés por el entorno ferroviario se aprecia en esta tela, tanto en los detalles de la marquesina de la estación como, sobre todo, en las figuras de los dos pasajeros que se despiden o se reencuentran y cuyo beso da calor a toda la escena

Unos años antes, el pintor británico Raymond Leech, al que gusta pintar parejas en distintos entornos y actividades, las había situado en el andén de una estación, despidiéndose ante un convoy a punto de partir o dándose un beso final a través de la ventanilla.



Si retrocedemos un poco más, hasta 1885, encontraremos El beso del italiano Italo Nunes-Vais.


No sólo los grandes pintores trataron el tema del beso en el andén, también lo encontramos en postales populares como estas, que solían venderse en los quioscos de las estaciones:



La fotografía no podía faltar a la cita y, de entre la legión de besos captados en los andenes, por su uso propagandístico, cabe destacar los de los soldados despidiéndose de sus novias.



En la estación de Saint Pancras de Londres hay una escultura de bronce en la cabecera de las vías, obra de 2007 de Paul Day, llamada The meeting Place, que consagra definitivamente la estación como lugar de encuentro con beso de bienvenida. La obra, de nueve metros de altura y veinte toneladas de masa, muestra una pareja en un tierno abrazo. 


Quedan para otra ocasión las escenas cinematográficas con apasionados besos en los andenes, las hay a montones. ¿Cual es tu preferida? Dilo a arteyferrocarril@gmail.com 

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Novelas ambientadas en el metro de Barcelona



Se cumplen 90 años del metro de Barcelona, y se cumplen diez de la publicación de una novela de Ramon Solsona íntegramente ambientada en él: Línia blava (Línea azul). La línea V tenía, en el momento de publicarse la obra, su origen en el barrio de Horta y su final en la ciudad de Cornellá, y cada capítulo lleva por título el nombre de una estación del recorrido, incluida la entonces ya cerrada estación de Gaudí y la planificada y nunca construida de Cardenal Reig.

La estructura de la novela está basada en las fabulaciones de un viajero anónimo que observa y escucha a sus compañeros de viaje y va tejiendo historias en las que se entrelazan los distintos personajes creados a partir de la contemplación y de la curiosidad, que és la base de la creación literaria. La intención del autor queda clara con la cita de Mr Benett y Mrs Brown de Virginia Wolf que precede la novela: “Yo creo que todas las novelas empiezan con una vieja sentada en el asiento de enfrente”.

Los personajes son muchos y diversos: un entrenador de baloncesto, una exprostituta, una vieja que hace ganchillo, una emigrante, un exempleado del metro, una taxista… Las historias personales dejan espacio a insertos en los que se describe el ambiente de las distintas estaciones:

El tren entra en la estación y la Pólvora se dispone a bajar. Seguramente irá a buscar la línea roja para ir a casa del administrador. Se sabe el camino de memoria, lo podría hacer con los ojos cerrados. No se deja engañar por estas dos estaciones iguales, calcadas.
Si no fuera por las franjas de color que identifican claramente las estaciones de cada línea, no sabrías decir si estás en la estación de Sagrera de la línea roja o de la línea azul. Son prácticamente idénticas, con un tercer andén central por donde transitan miles de personas cada día. Son miles de pies que hacen un ruido sordo, un roce que resuena en la vuelta ancha y elegante ambas estaciones. Además, están tan cerca la una de la otra que el viajero se desconcierta, tiene la sensación de reencontrarse en la estación de partida. En Sagrera no hay ninguno de estos pasillos inhóspitos, tortuosos y absurdamente largos que enlazan algunas líneas y que sólo se humanizan con las notas que hacen volar un violinista retirado o un joven canadiense que toca la guitarra y la armónica.

En otro fragmento tenemos notícia de qual era el trabajo del exempleado del metro:

Hacía el trabajo más solitario, el más humilde. Calzado con unas botas gruesas, con una lámpara y una llave inglesa suficientemente grande como para apretar algún tronillo díscolo de las traviesas, consumía las noches y las madrugadas recorriendo el tramo de Sagrera a Diagonal para inspeccionar el estado de las vías y la catenaria. Sólo sentía el silencio de sus pasos, el goteo de las filtraciones y, de vez en cuando, los pasos de un perro desorientado, alguna pareja que se había refugiado en los túneles, un drogadicto… 
Àfrica Ragel
Cuatro años después, una conductora del metro de Barcelona, Àfrica Ragel, publicaba la novela La moneda del malfat (2008, La moneda del infortunio). Está ambientada en los años ochenta del siglo pasado en el barrio barcelonés del Poblenou. Situado al norte de la ciudad y junto al mar, sufrió una gran transformación cuando sus fábricas y sus casas de obreros fueron substituidos por la villa de los atletas de los Juegos Olímpicos de 1992. El barrio era atravesado por la línea IV del metro y uno de los protagonistas de la novela encuentra trabajo como taquillero en una estación del mismo barrio y allí, a pesar de la subterraneidad y de lo rutinario del trabajo, se enamora de una viajera.

Esa misma tarde, Sergi empezó a trabajar en el metro de Poblenou, vendía billetes y tarjetas, y vigilaba la estación para que nadie saltara los torniquetes sin pagar (...). Y fue allí, precisamente en aquella estación, dentro de aquella jaula de vidrio con agujeros, entre aquellas paredes oscuras que le impedían ver la luz del sol, allí donde creía que nada podría alegrar su vida; donde se enamoró.

La línea IV era, en aquellos tiempos, la más ruidosa de la ciudad y hacía vibrar las casas a su paso, fenómeno que queda reflejado en la novela junto con los intentos de la compañía para solucionarlos:

Quería contar a Lurdes que trabajaba cobrando los billetes de ese monstruo gigante que pasaba por debajo tierra haciendo temblar los muebles de las casas del barrio y agrandando las grietas de los patios de luces.
(...)
Aquella noche Sergi salió de casa después de que el reloj marcara la media. Tenía que estar en la estación de Poblenou haciendo un refuerzo, los ingenieros catalanes de la Universidad Politécnica y otros ingenieros venidos de Inglaterra estarían toda la noche instalando unas grapas especiales, que ya se usaban en el metro de Londres, para ver si apaciguaban un poco los temblores que el paso de los convoyes hacía sentir a medio barrio.

Las largas y vacías horas de servicio de esa noche acaban creando una metáfora a propósito de las vibraciones. 
Las horas se hicieron eternas y el aleteo del amor le llevó toda la noche, mientras pensaba que quizás con el final de la vibración de las vías, también terminaría el temblor de su vida insípida y vacía.

lunes, 15 de diciembre de 2014

La bestia humana salta los Pirineos


La reciente aparición de la primera traducción al catalán de La Bête humaine de Émile Zola es una buena ocasión para recordar las vicisitudes de esta novela al sur de los Pirineos. Se publicó en Francia en 1890 y ese mismo año apareció la traducción al castellano y, como las obras anteriores y posteriores del mismo autor, generó polémica: los tradicionalistas la consideraban materialista y pecaminosa, mientras que los liberales la defendían. La iglesia católica desaconsejaba su lectura y no hace falta decir que no se consideraba una lectura apropiada para las jóvenes.

                                 

En Portugal, la primera traducción fue publicada en 1912 por Guimarães e C.ª, en dos volúmenes, y fue obra de Henrique Marqués, que firmaba con el pseudónimo de Pandemónio. En años sucesivos, se hicieron reediciones y nuevas traducciones al portugués. No existen traducciones al gallego o al vasco de esta novela.

El agotamiento del naturalismo y la aparición de las vanguardias literarias no supuso el olvido de esta novela, pero después de la Guerra Civil no se reeditó y los libreros no tenían a la vista los ejemplares que les quedaran en existencia por razones obvias. Mientras, en México, en 1945, se publicaba una excelente edición ilustrada.

        

Hubo que esperar a los años sesenta para que una editorial barcelonesa reeditara el ciclo Rougon Macquart al que pertenece La Bête humaine. Hubo un goteo de ediciones en los años setenta y ochenta y, en 2002, se reeditó en facsímil la edición mexicana de 1945.

                                
La edición en castellano más reciente es de 2010, una traducción de José Antonio Pérez Pulido para Capitán Swing Libros.

                                   

La traducción catalana de Josep M. Muñoz Lloret para la editorial L’Avenç ha tomado para su portada, reproducida al inicio de esta entrada, un fotograma de la versión cinematográfica de Jean Renoir de 1938 con un primer plano del actor Jean Gabin en el papel del maquinista Jacques Lantier.

Curiosidad: la publicación de la traducción al catalán coincide en el tiempo con una nueva al portugués, realizada por Dilson Ferreira da Cruz, de la Universidad de São Paulo, para la editorial Disal,

                                        

Acabamos con una colección de portadas de ediciones peninsulares del siglo XX.









Un acertijo final: ¿de qué película se tomó la imagen para esta portada? Respuestas a arteyferrocarril@gmail.com


Fuentes de las fechas de edición:
El naturalismo español de Walter Pattison (1969)
Crítica das Traduções Portuguesas de La Bête humaine de Émile Zola de Ana Cristina Tavares e José Manuel Lopes (1991)


lunes, 24 de noviembre de 2014

Fotografía ferroviaria con contexto

Juanan Vázquez es un fotógrafo alicantino entusiasta del ferrocarril. De la conjunción de sus dos campos de afición nacen unas imágenes lúcidas, atrayentes y que proporcionan a cada convoy o instalación el ambiente adecuado. En la que abre esta entrada, la luz del cielo nos remite al estado de intemporalidad en el que a menudo nos sume el viaje de larga distancia.
En la fotografía de una vieja y abandonada rotonda de locomotoras, el recurso al blanco y negro en la obra civil y al sepia en el cielo nos retrotrae a los tiempos de su construcción,
Una instantánea aparentemente trivial, como la del reencuentro en el andén de una estación, es capaz de remitirnos a la rotura de la rutina, a la excepcionalidad de una visita.
El juego geométrico de este encuadre, que busca el paralelismo de vías, vagón y marquesina, nos habla del paso del tiempo, del abandono del material remolcado que va quedando obsoleto. Éste es también el tema de la última fotografía de esta breve antología, la que nos presenta el contraste entre la nueva y eficiente locomotora y el edificio de la estación, que de tan sencillo y viejo, resulta entrañable.
Habrá que seguir con interés los futuros trabajos de Juanan Vázquez en su blog juananvaztrenes.worpress.com.
Juanan Vázquez

lunes, 3 de noviembre de 2014

50 años de thrillers a alta velocidad

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El último número de Vía Libre (octubre 21014) está dedicado al 50 aniversario de la alta velocidad y era obligado que mi artículo en él celebre esta efemérides. Bajo el título 50 años de thrillers a alta velocidad, realiza un rápido recorrido por películas y series televisivas de acción que tienen estos trenes como protagonistas o como escenarios.

Las obras referenciadas son la película japonesa 新 幹 線 大 爆 破 (1975, Pánico en el Tokio Express - Shinkansen Daibakuha), la serie de la NBC de 1979 Supertrain, la película Mission: Impossible (1996, Misión imposible I) y el episodio piloto de la serie norteamericana Human Target (2010, Escudo humano).

Esta pequeña antología da pie a hablar de la verosimilitud de las escenas de acción en trenes de alta velocidad. Parece que la gráfica es claramente descendente si comparamos el esfuerzo de rigor de Pánico en el Tokio Express con el reactor nuclear del Supertrain y, no digamos, con el supuesto Eurostar de Misión imposible y el tren de Escudo humano, ambos sin catenaria ni tercer rail, entre otras incongruencias.

Es evidente que el espectador medio de los thrillers busca que le sorprendan con la acción y no se dedica, como los aficionados a los trenes, a buscar fallos y inverisimilitudes. Parece que a los hooligans ferroviarios nos encanta poner el dedo en la llaga y no hay película con trenes de la que alguien no haya hecho una lista de fallos o imprecisiones.

Hace un año se estrenó The Wolverine (Lobezno Inmortal), perteneciente a la saga X-men, en la que, en términos de Filmaffinity “Un Logan amnésico investiga su pasado en el mundo del crimen organizado japonés. Vulnerable por primera vez y desafiando sus límites físicos y emocionales, no sólo se enfrentará al letal acero samurái, sino que además mantendrá una lucha interna contra su inmortalidad, que lo hará más fuerte”.

Os invito a ver el trailer y a descubrir las inverosimilitudes, tanto las ferroviarias como las que contradicen las leyes de la física.

sábado, 18 de octubre de 2014

Cubiertas con trenes III

Los seguidores de este blog han visto ya dos posts con cubiertas de novelas con motivos ferroviarios. En abril de 2013 las vimos de tema policíaco y, en julio de 2013, seleccionamos obras cuyo título usaba elementos ferroviarios como metáfora de la vida.

Las que tenemos hoy nos remiten a historias románticas, aunque hemos tomado esta expresión en un sentido muy amplio, porqué estas cosas del corazón producen todo tipo de situaciones y desenlaces: felicidad, ternura, soledad, desengaños, bodas y, casi siempre, se extienden a otros ámbitos de la naturaleza humana.










Ya lo ven, en las cosas del amor hay para todos los gustos.