domingo, 18 de enero de 2015

Besos en el andén


La pintura y la fotografía de tema ferroviario han reflejado todas las actividades posibles sobre un andén: inauguraciones, llegadas y partidas de dignatarios, despedidas de tropas, regreso de heridos, reencuentros familiares, deportaciones, acogidas o adioses triunfantes a aristas, toreros y deportistas... Cada uno de estos temas da de sí para un completa colección de imágenes, pero empezaremos esta serie sobre escenas de andén con el acto más tierno, erótico y entrañable que en él se ha producido, se produce y se producirá: el beso de los amantes que se despiden o se reencuentran.

El óleo sobre tela que abre esta entrada se titula El beso y fue pintado en 2001 por Emilio Pina, un artista que siempre se ha sentido atraído el tren y su entorno. Este interés por el entorno ferroviario se aprecia en esta tela, tanto en los detalles de la marquesina de la estación como, sobre todo, en las figuras de los dos pasajeros que se despiden o se reencuentran y cuyo beso da calor a toda la escena

Unos años antes, el pintor británico Raymond Leech, al que gusta pintar parejas en distintos entornos y actividades, las había situado en el andén de una estación, despidiéndose ante un convoy a punto de partir o dándose un beso final a través de la ventanilla.



Si retrocedemos un poco más, hasta 1885, encontraremos El beso del italiano Italo Nunes-Vais.


No sólo los grandes pintores trataron el tema del beso en el andén, también lo encontramos en postales populares como estas, que solían venderse en los quioscos de las estaciones:



La fotografía no podía faltar a la cita y, de entre la legión de besos captados en los andenes, por su uso propagandístico, cabe destacar los de los soldados despidiéndose de sus novias.



En la estación de Saint Pancras de Londres hay una escultura de bronce en la cabecera de las vías, obra de 2007 de Paul Day, llamada The meeting Place, que consagra definitivamente la estación como lugar de encuentro con beso de bienvenida. La obra, de nueve metros de altura y veinte toneladas de masa, muestra una pareja en un tierno abrazo. 


Quedan para otra ocasión las escenas cinematográficas con apasionados besos en los andenes, las hay a montones. ¿Cual es tu preferida? Dilo a arteyferrocarril@gmail.com 

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Novelas ambientadas en el metro de Barcelona



Se cumplen 90 años del metro de Barcelona, y se cumplen diez de la publicación de una novela de Ramon Solsona íntegramente ambientada en él: Línia blava (Línea azul). La línea V tenía, en el momento de publicarse la obra, su origen en el barrio de Horta y su final en la ciudad de Cornellá, y cada capítulo lleva por título el nombre de una estación del recorrido, incluida la entonces ya cerrada estación de Gaudí y la planificada y nunca construida de Cardenal Reig.

La estructura de la novela está basada en las fabulaciones de un viajero anónimo que observa y escucha a sus compañeros de viaje y va tejiendo historias en las que se entrelazan los distintos personajes creados a partir de la contemplación y de la curiosidad, que és la base de la creación literaria. La intención del autor queda clara con la cita de Mr Benett y Mrs Brown de Virginia Wolf que precede la novela: “Yo creo que todas las novelas empiezan con una vieja sentada en el asiento de enfrente”.

Los personajes son muchos y diversos: un entrenador de baloncesto, una exprostituta, una vieja que hace ganchillo, una emigrante, un exempleado del metro, una taxista… Las historias personales dejan espacio a insertos en los que se describe el ambiente de las distintas estaciones:

El tren entra en la estación y la Pólvora se dispone a bajar. Seguramente irá a buscar la línea roja para ir a casa del administrador. Se sabe el camino de memoria, lo podría hacer con los ojos cerrados. No se deja engañar por estas dos estaciones iguales, calcadas.
Si no fuera por las franjas de color que identifican claramente las estaciones de cada línea, no sabrías decir si estás en la estación de Sagrera de la línea roja o de la línea azul. Son prácticamente idénticas, con un tercer andén central por donde transitan miles de personas cada día. Son miles de pies que hacen un ruido sordo, un roce que resuena en la vuelta ancha y elegante ambas estaciones. Además, están tan cerca la una de la otra que el viajero se desconcierta, tiene la sensación de reencontrarse en la estación de partida. En Sagrera no hay ninguno de estos pasillos inhóspitos, tortuosos y absurdamente largos que enlazan algunas líneas y que sólo se humanizan con las notas que hacen volar un violinista retirado o un joven canadiense que toca la guitarra y la armónica.

En otro fragmento tenemos notícia de qual era el trabajo del exempleado del metro:

Hacía el trabajo más solitario, el más humilde. Calzado con unas botas gruesas, con una lámpara y una llave inglesa suficientemente grande como para apretar algún tronillo díscolo de las traviesas, consumía las noches y las madrugadas recorriendo el tramo de Sagrera a Diagonal para inspeccionar el estado de las vías y la catenaria. Sólo sentía el silencio de sus pasos, el goteo de las filtraciones y, de vez en cuando, los pasos de un perro desorientado, alguna pareja que se había refugiado en los túneles, un drogadicto… 
Àfrica Ragel
Cuatro años después, una conductora del metro de Barcelona, Àfrica Ragel, publicaba la novela La moneda del malfat (2008, La moneda del infortunio). Está ambientada en los años ochenta del siglo pasado en el barrio barcelonés del Poblenou. Situado al norte de la ciudad y junto al mar, sufrió una gran transformación cuando sus fábricas y sus casas de obreros fueron substituidos por la villa de los atletas de los Juegos Olímpicos de 1992. El barrio era atravesado por la línea IV del metro y uno de los protagonistas de la novela encuentra trabajo como taquillero en una estación del mismo barrio y allí, a pesar de la subterraneidad y de lo rutinario del trabajo, se enamora de una viajera.

Esa misma tarde, Sergi empezó a trabajar en el metro de Poblenou, vendía billetes y tarjetas, y vigilaba la estación para que nadie saltara los torniquetes sin pagar (...). Y fue allí, precisamente en aquella estación, dentro de aquella jaula de vidrio con agujeros, entre aquellas paredes oscuras que le impedían ver la luz del sol, allí donde creía que nada podría alegrar su vida; donde se enamoró.

La línea IV era, en aquellos tiempos, la más ruidosa de la ciudad y hacía vibrar las casas a su paso, fenómeno que queda reflejado en la novela junto con los intentos de la compañía para solucionarlos:

Quería contar a Lurdes que trabajaba cobrando los billetes de ese monstruo gigante que pasaba por debajo tierra haciendo temblar los muebles de las casas del barrio y agrandando las grietas de los patios de luces.
(...)
Aquella noche Sergi salió de casa después de que el reloj marcara la media. Tenía que estar en la estación de Poblenou haciendo un refuerzo, los ingenieros catalanes de la Universidad Politécnica y otros ingenieros venidos de Inglaterra estarían toda la noche instalando unas grapas especiales, que ya se usaban en el metro de Londres, para ver si apaciguaban un poco los temblores que el paso de los convoyes hacía sentir a medio barrio.

Las largas y vacías horas de servicio de esa noche acaban creando una metáfora a propósito de las vibraciones. 
Las horas se hicieron eternas y el aleteo del amor le llevó toda la noche, mientras pensaba que quizás con el final de la vibración de las vías, también terminaría el temblor de su vida insípida y vacía.

lunes, 15 de diciembre de 2014

La bestia humana salta los Pirineos


La reciente aparición de la primera traducción al catalán de La Bête humaine de Émile Zola es una buena ocasión para recordar las vicisitudes de esta novela al sur de los Pirineos. Se publicó en Francia en 1890 y ese mismo año apareció la traducción al castellano y, como las obras anteriores y posteriores del mismo autor, generó polémica: los tradicionalistas la consideraban materialista y pecaminosa, mientras que los liberales la defendían. La iglesia católica desaconsejaba su lectura y no hace falta decir que no se consideraba una lectura apropiada para las jóvenes.

                                 

En Portugal, la primera traducción fue publicada en 1912 por Guimarães e C.ª, en dos volúmenes, y fue obra de Henrique Marqués, que firmaba con el pseudónimo de Pandemónio. En años sucesivos, se hicieron reediciones y nuevas traducciones al portugués. No existen traducciones al gallego o al vasco de esta novela.

El agotamiento del naturalismo y la aparición de las vanguardias literarias no supuso el olvido de esta novela, pero después de la Guerra Civil no se reeditó y los libreros no tenían a la vista los ejemplares que les quedaran en existencia por razones obvias. Mientras, en México, en 1945, se publicaba una excelente edición ilustrada.

        

Hubo que esperar a los años sesenta para que una editorial barcelonesa reeditara el ciclo Rougon Macquart al que pertenece La Bête humaine. Hubo un goteo de ediciones en los años setenta y ochenta y, en 2002, se reeditó en facsímil la edición mexicana de 1945.

                                
La edición en castellano más reciente es de 2010, una traducción de José Antonio Pérez Pulido para Capitán Swing Libros.

                                   

La traducción catalana de Josep M. Muñoz Lloret para la editorial L’Avenç ha tomado para su portada, reproducida al inicio de esta entrada, un fotograma de la versión cinematográfica de Jean Renoir de 1938 con un primer plano del actor Jean Gabin en el papel del maquinista Jacques Lantier.

Curiosidad: la publicación de la traducción al catalán coincide en el tiempo con una nueva al portugués, realizada por Dilson Ferreira da Cruz, de la Universidad de São Paulo, para la editorial Disal,

                                        

Acabamos con una colección de portadas de ediciones peninsulares del siglo XX.









Un acertijo final: ¿de qué película se tomó la imagen para esta portada? Respuestas a arteyferrocarril@gmail.com


Fuentes de las fechas de edición:
El naturalismo español de Walter Pattison (1969)
Crítica das Traduções Portuguesas de La Bête humaine de Émile Zola de Ana Cristina Tavares e José Manuel Lopes (1991)


lunes, 24 de noviembre de 2014

Fotografía ferroviaria con contexto

Juanan Vázquez es un fotógrafo alicantino entusiasta del ferrocarril. De la conjunción de sus dos campos de afición nacen unas imágenes lúcidas, atrayentes y que proporcionan a cada convoy o instalación el ambiente adecuado. En la que abre esta entrada, la luz del cielo nos remite al estado de intemporalidad en el que a menudo nos sume el viaje de larga distancia.
En la fotografía de una vieja y abandonada rotonda de locomotoras, el recurso al blanco y negro en la obra civil y al sepia en el cielo nos retrotrae a los tiempos de su construcción,
Una instantánea aparentemente trivial, como la del reencuentro en el andén de una estación, es capaz de remitirnos a la rotura de la rutina, a la excepcionalidad de una visita.
El juego geométrico de este encuadre, que busca el paralelismo de vías, vagón y marquesina, nos habla del paso del tiempo, del abandono del material remolcado que va quedando obsoleto. Éste es también el tema de la última fotografía de esta breve antología, la que nos presenta el contraste entre la nueva y eficiente locomotora y el edificio de la estación, que de tan sencillo y viejo, resulta entrañable.
Habrá que seguir con interés los futuros trabajos de Juanan Vázquez en su blog juananvaztrenes.worpress.com.
Juanan Vázquez

lunes, 3 de noviembre de 2014

50 años de thrillers a alta velocidad

video

El último número de Vía Libre (octubre 21014) está dedicado al 50 aniversario de la alta velocidad y era obligado que mi artículo en él celebre esta efemérides. Bajo el título 50 años de thrillers a alta velocidad, realiza un rápido recorrido por películas y series televisivas de acción que tienen estos trenes como protagonistas o como escenarios.

Las obras referenciadas son la película japonesa 新 幹 線 大 爆 破 (1975, Pánico en el Tokio Express - Shinkansen Daibakuha), la serie de la NBC de 1979 Supertrain, la película Mission: Impossible (1996, Misión imposible I) y el episodio piloto de la serie norteamericana Human Target (2010, Escudo humano).

Esta pequeña antología da pie a hablar de la verosimilitud de las escenas de acción en trenes de alta velocidad. Parece que la gráfica es claramente descendente si comparamos el esfuerzo de rigor de Pánico en el Tokio Express con el reactor nuclear del Supertrain y, no digamos, con el supuesto Eurostar de Misión imposible y el tren de Escudo humano, ambos sin catenaria ni tercer rail, entre otras incongruencias.

Es evidente que el espectador medio de los thrillers busca que le sorprendan con la acción y no se dedica, como los aficionados a los trenes, a buscar fallos y inverisimilitudes. Parece que a los hooligans ferroviarios nos encanta poner el dedo en la llaga y no hay película con trenes de la que alguien no haya hecho una lista de fallos o imprecisiones.

Hace un año se estrenó The Wolverine (Lobezno Inmortal), perteneciente a la saga X-men, en la que, en términos de Filmaffinity “Un Logan amnésico investiga su pasado en el mundo del crimen organizado japonés. Vulnerable por primera vez y desafiando sus límites físicos y emocionales, no sólo se enfrentará al letal acero samurái, sino que además mantendrá una lucha interna contra su inmortalidad, que lo hará más fuerte”.

Os invito a ver el trailer y a descubrir las inverosimilitudes, tanto las ferroviarias como las que contradicen las leyes de la física.

sábado, 18 de octubre de 2014

Cubiertas con trenes III

Los seguidores de este blog han visto ya dos posts con cubiertas de novelas con motivos ferroviarios. En abril de 2013 las vimos de tema policíaco y, en julio de 2013, seleccionamos obras cuyo título usaba elementos ferroviarios como metáfora de la vida.

Las que tenemos hoy nos remiten a historias románticas, aunque hemos tomado esta expresión en un sentido muy amplio, porqué estas cosas del corazón producen todo tipo de situaciones y desenlaces: felicidad, ternura, soledad, desengaños, bodas y, casi siempre, se extienden a otros ámbitos de la naturaleza humana.










Ya lo ven, en las cosas del amor hay para todos los gustos.

jueves, 2 de octubre de 2014

Suite para piano de Madrid a Aranjuez


En 1989, el personal del Museo del Ferrocarril de Delicias descubrió en un anticuario una partitura para piano de Hipólito Gondois titulada El Camino de Madrid a Aranjuez. La había editado en 1851 la imprenta de Casimiro Martín de la calle Correo de Madrid. Se trataba de una suite con los números sigüientes:

La locomotora – Gran galop
Madrid, el embarcadero – Polka
Getafe, primera estación – Polka
Pinto, segunda estación – Polka schotis
Valdemoro, tercera estación – Polka schotis
Ciempozuelos, cuarta estación – Polka mazurka
Aranjuez, el desembarcadero – Polka mazurka

El hallazgo fue recogido por la revista musical Scherzo, que indica que el musicólogo Francisco Asenjo Barbieri cita a Gondois como autor de zarzuelas y el también estudioso José Subirá, como director de orquesta, del que, por cierto, no tiene muy buena opinión. También fue recogido por el diario ABC en un artículo de Leopoldo Hontañón y, naturalmente, por las publicaciones de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles. Fue ésta quien, el mismo año de su descubrimiento, editó la suite en un vinilo interpretada por Raquel Moreno Martín.

En el estudio que acompaña la grabación de Poligram, Luis Fernando Carvajal inscribe esta obra en la “música de salón”, frívola y desenfadada, a la cual era aficionada la reina Isabel II, e indica:
Uno de los compositores que se vio favorecido por la Real Casa fue Hipólito Gondois. La actividad de nuestro ilustre olvidado se desarrolla entre Barcelona y Madrid, alternando la composición con la dirección de orquesta. Desgraciadamente son pocos los datos que conocemos sobre él, pero a partir de su solicitud de músico en la Real Capilla de Isabel II podemos trazar una semblanza, si no personal, musical del autor. A la vista de la citada solicitud, sabemos que Gondois fue “compositor de música de la Academia de París” y director de las orquestas de los teatros “de la Cruz y del Circo de esta Corte” (por entonces los teatros de más solera de Madrid junto al del Príncipe -hoy Teatro Español-)
La funda del disco está ilustrada con el grabado que se reproduce al principio de esta entrada, que representa la inauguración del Ferro-carril de Madrid a Aranjuez por la Reina Isabel II el 9 de febrero de 1851.

Así suena el primer movimiento de la suite, el gran galop titulado La locomotora:



lunes, 15 de septiembre de 2014

Veinte historias eróticas en un tren


La editorial francesa La Musardine, especializada en literatura y cómics eróticos, editó en 2012 un conjunto de relatos bajo el título Oséz... 20 histoires érotiques dans un train. Como la misma editorial indica, se trata de historias "para conocer los fantasmas que se esconden detrás de la tranquilidad aparente de los viajeros del tren". Como suele ocurrir en estos casos, el volumen es desigual: algunas de las historias las hemos leido decenas de veces, otras actualizan la tradición y algunos relatos son novedosas y originales.

Destaca el que abre plaza, Coup de foudre à grande vitesse de Octavie Delvaux, autora especializada en relatos eróticos. Un joven (25 años) apuesto y moderno sube al TGV a toda prisa, en el asiento de enfrente se sienta una mujer (aparentes 33-35) despampanante. Él mira a la mujer y se siente locamente atraído, pero enseguida se da cuenta de que está casada y de que tiene dinero, de modo que decide que es inaccesible. Durante el viaje la mujer escribe y, a medida que acaba cada página, la arranca del cuaderno y la tira a la papelera. El chico abre una lata de bebida y se salpica la camiseta, va al servicio a limpiarse y, cuando vuelve, la mujer ya se ha apeado del tren. Recupera las hojas de la papelera y descubre que relatan, con todo detalle, la fantasía de la mujer de echar un polvo con él en el tren mismo para salir de la rutina del matrimonio. El escrito acaba con la reflexión de que no osará darle el texto al joven porque no le deben faltar las jovencitas y seguro que no se fijaría nunca con una mujer de 40 años. Las distintas hojas son reescrituras con matices de la misma fantasía. En la última hay un número de teléfono anotado, pero los dos últimos números están emborronados por las salpicaduras de la bebida. Ya en casa, el joven prueba todas las combinaciones hasta que oye la voz esperanzada de la mujer.
El texto tiene multitud de matices que no deben desvelarse al futuro lector, pero hay un aspecto interesante y que rompe con la tradición de los relatos eróticos ambientados en trenes: durante la actividad amatoria el tren no traquetea: és un TGV.
Octavie Delvaux
Otro de los relatos que merece reseñarse es Intrusion de Clarissa Rivière. En él sorprendre tanto el realismo con que se describe la inexperiencia de la parejita protagonista, como el inesperado giro que aporta la intrusión del revisor del tren en su compartimiento. Ahora no se trata de un TGV, sinó de un tren convencional con coches-cama, de manera que ahora sí que hay traqueteo: “Olvidado Adrien, los movimientos del train, monótonos, regulares, repetitivos, adormecen su consciencia, ella sólo se peocupa de buscar su placer."

El protagonista del relato Le bonheur au bout de quai, de J.C. Rhamov, es un joven conductor de coche-cama que es requerido de amores por una joven dama a la que “había ayudado a subir la maleta, y me acordaba aun de su sonrisa. Una de estas sonrisas llenas de promesas que auguran una sensualidad afianzada”. Acude a su compartimiento al anochecer, con el champagne que ella le pide, y no acaba su cometido hasta las cuatro de la madrugada. Al servirle el desayuno por la mañana, aun es requerido de un servicio final, que el cumple con eficiente profesionalidad ferroviaria. Cuando llegan a destino, el marido de la dama le gratifica con una buena propina después que ella le informe de la calidad de sus servicios amatorios. Con los años, el conductor se entera de que otros colegas suyos han dado el mismo buen servicio en la misma línea y recuerda con nostalgia los tiempos pasados:
Ahora, los tiempos han cambiado. El TGV ha reemplazado a los coches-cama; los últimos coches marcados con los dos leones de bronce han sido cedidos a ricos coleccionistas. Sólo hay hombres apremiados, smartphons y portátiles, que sólo juran sobre tasas de rentabilidad y de retorno de inversiones, y que sólo hablan del tiempo ganado… Siento nostalgia por un tiempo, no muy lejano, cuando la felicidad estaba en el extremo del andén.
El volumen incluye también el relato Sur la rute, de Miss Kat, probable pseudónimo de Octavia Delvaux. Coralie, una chica con pocos recursos va a un congreso de literatura erótica para que la Delvaux le firme ejemplares. Se cuela en el metro y en el tren. Mientras está leyendo la literatura erótica de su autora favorita, entra en su compartimiento Mylène, una mujer también lectora de Delvaux. Hablan y comparten intimidades. Cuando los revisores entran a pedirles los billetes, las dos mujeres se besan para ahuyentarlos, aunque los dos hombres acaban quedándose y montando una orgía a cuatro. Al final…
Apenas recuperada de sus emociones, Coralie mira a Mylène y a los dos revisores. Algo se le hace ahora evidente:
–¿Os conocíais?
Los otros tres estallan en risas. Mylène deja una insignia de revisora sobre la mesita:
–Te vi subir al tren en París. Tenías un comportamiento tan sospechoso que llevabas la palabra "defraudadora" en la frente. Entonces vi tu libro. Yo quería jugar... Y no me arrepiento –dijo con una sonrisa codiciosa–. Franck y Roger –añadió señalando a los dos revisores–, unos colaboradores con los que suelo jugar de vez en cuando.
La aficionada a la literatura erótica se ahorra así el billete y, de paso, se confabula para la vuelta con los apasionados revisores ferroviarios.



lunes, 1 de septiembre de 2014

Polizones en el tren, conflictos morales.

Las terribles noticias que periódicamente nos llegan de "La bestia" mexicana son un recordatorio de que las desigualdades sociales también se manifiestan en el mundo del tren. El tema es tan antiguo como el ferrocarril mismo.

Un relato de 1896 de Vicente Blasco Ibáñez, El parásito del tren, plantea este problema. El texto, en primera persona, narra como un viajero de primera ve interrumpido su sueño por la apertura repentina de la puerta de su compartimiento por un hombre humilde, “un campesino, pequeño y enjuto, un po­bre diablo, con una zamarra remendada y mugrienta y pantalones de color claro. Su gorra negra casi se confundía con el tinte cobrizo y barnizado de su cara, en la que se destacaban los ojos, de mirada mansa, y una dentadura de rumiante, fuerte y amarillenta, que se descubría al contraerse los labios con sonrisa de estúpido agradecimiento”.

El campesino continúa viaje sentado sobre el suelo del coche y con los pies colgando. El viajero siente lástima por él, le ofrece un cigarrillo, entabla conversación y se entera de que va a ver a sus hijos. Le ofrece subir, sentarse y cerrar la portezuela, a lo que el pobre responde con entereza: “No, señor. Yo no tengo derecho a ir dentro, como un señorito. Aquí, y gracias, pues no tengo dinero.”

Cuando el tren pasa por la estación previa a la de destino, el polizón se apea para que no le pillen al final, pero es visto por los empleados de la compañía y la Guardia Civil. Logra escapar, y cuando el viajero pregunta a los empleados, estos le dicen: “Un tuno que tiene la costumbre de viajar sin billete. Ya le conocemos hace tiempo. Es un parásito del tren; pero poco hemos de poder, o le pillaremos para que vaya a la cárcel.”

Pocos años después, la noticia en el periódico de la muerte de un polizón en esa línea lleva al viajero a recordar este encuentro. Todo el relato tiene la intención de presentar los juicios éticos de los tres personajes en relación con su posición: la dignidad vergonzante del campesino, la compasión desde la riqueza del viajero y la obligación de cumplir su deber de los empleados.

En el cine, el tema de los polizontes tiene un referente clásico: Emperor of the North (1973, El emperador del norte) de Robert Aldrich.  La acción se sitúa en 1933, en plena depresión  norteamericana. Los protagonistas son los vagabundos que recorren el país en trenes a los que suben en marcha y también los vigilantes, matones contratados por las compañías, que mantienen con ellos una guerra cruel y permanente. Los actores Lee Marvin y Ernenst Borgnine encarnan los líderes de cada uno de los bandos en un duelo interpretativo antológico.

La cuestión, ahora en la red del metro, aparece de nuevo en una película húngara de 2003, Kontroll, dirigida por Nimród Antal, que narra las desventuras de los revisores, sus enfrentamientos con los pasajeros que incumplen las normas y los problemas y las rivalidades entre ellos. La cinta, premiada en el festival de Cannes, es una metáfora de las tensiones sociales en el país.


Del relato y las películas citadas se concluye que, con algunas excepciones, nadie se juega la integridad física haciendo de polizón de tren por gusto, pero también se concluye que los empleados ferroviarios tienen la obligación de  hacer su trabajo a pesar de que sientan la punzada de la piedad. El conflicto moral está servido y con él suele hacerse buena literatura y buen cine. 

jueves, 24 de julio de 2014

¿Por qué fabulamos con aventuras galantes cuando viajamos en tren?

Parece que es común, durante los viajes en tren, el fabular aventuras románticas o eróticas con los compañeros o compañeras de viaje. Como dice Vinceç Pagès Jordà en su última novela Dies de frontera (2013, Días de frontera):
No sabemos si está relacionado con la sinuosidad del cubículo, con la penumbra, con las posibilidades de contacto con desconocidos. En todo caso, el tren es el medio de transporte que genera más expectativas sentimentales. Nos encontramos cerca de personas que no tienen nada en común con nosotros excepto una parte del trayecto, compartiendo un espacio precario pero no tan incomodo como el autobús, no tan angustiante como el avión, no tan reducido como el coche.
La literatura y el cine han utilizado desde muy antiguo el recurso de explicar aventuras eróticas acontecidas en los coches del ferrocarril, para acabar diciendo que se trataba de un sueño o de una fabulación. Tomemos dos ejemplos, uno de cada arte.

En 1877 Benito Pérez Galdós publicó un relato titulado Theros, en el que la voz narrativa explica como, al inicio de su viaje en tren de Cádiz a Cantabria, aparece de la nada en su coche una mujer desnuda y ardorosa, que le seduce, pero que se va apaciguando durante el trayecto. El protagonista se enamora de la mujer, se casan y ella desaparece en el mar cuando se bañan en el Sardinero. La mujer que aparece en Theros, calor en griego, es una alegoría del verano. Todo fue una ensoñación.
Cien años después, Derek Ford utilizó el mismo recurso en Diversions (1976) Era una película con pretensiones, muy de su época, de hacer cine con sexo explícito y guión culto. Fue calificada como X y también circuló una versión suave para las salas ordinarias titulada Sex Express. La cinta tiene una ambientación ferroviaria absolutamente british que arranca en la estación de St Pancras, continua viaje por la campiña inglesa y acaba en la estación de Easton. Una agente de policía que escolta a una presa fantasea con aventuras sexuales de diferente tipo con los ocupantes del compartimiento en el que viaja.

Pero… ¿por qué somos tan propensos a fabular y a explicar historias galantes acontecidas en trenes? En un artículo publicado en Nuevo Mundo el 13 de octubre de 1922, titulado Las viajeras, Mariano Benlliurre ya se lo preguntaba preguntaba:
Si vamos a dar crédito a las historias que de continuo nos cuentan los Tenorios, deberemos pensar que el tren, no sólo es propicio a las aventuras galantes, sino que hasta tiene el milagroso don de encender en las mujeres más honestas y virtuosas, arrebatadoras e indomables ansias de amor.
Todos estaréis hartes de oír referir esas historias picantes, que comienzan así: “Yendo yo de París a Bruselas...”, “Volviendo un verano de Torreloclones...”, “Iba yo en el Oriente Express...”
¿Cuál será el secreto de que el tren ejerza con tan maravillosa eficacia el oficio de tercería?
He aquí un problema que me he planteado muchas veces, y cuya solución nunca he pedido encontrar.
En el cuerpo del artículo especula a partir de las experiencias de conocidos y de las propias, se acerca a la idea del tren como espació anónimo, explica sus intentos de pillar a sus conocidos en una contradicción, hasta que llega a la conclusión que el noventa y nueve por ciento de las aventuras ferroviarias que le han contado son falsas, de manera que se cuestiona porqué del fenómeno de las fabulaciones sobre conquistas en el tren y acaba aventurando una conclusión:
El viajero, al sentirse lanzado como una flecha a través del paisaje, lo es grato imaginar que vuela hacia la felicidad; y al representarse esa felicidad, necesita poner en primer término una figura de mujer, y entonces piensa que esa, mujer es una viajera que está enfrente, y á la cual él le dice: “Señora...” y la viajera le contesta: “Caballero...” Y él le replica: “...” Y ella: “...” Y así la aventura llega a su feliz desenlace con esa milagrosa rapidez que sólo existe en los sueños, mientras el protagonista va viendo como el paisaje desfila por el marco de la ventanilla.
El viajero se va encariñando con su ensueño, va acariciándole, adornándolo con toda clase de detalles; y cuando llega al término del viaje, no se resigna a. renunciar a su bello ensueño: quiere que haya sido verdad, y entonces es cuando empieza a contarlo como realidad, y lo cuenta tantas veces, con tanto amor, que llega a creérselo... Y ahí se crea el mito –come se crean todos los mitos– de las venturas galantes en los trenes.