lunes, 15 de junio de 2015

Humor en el paso a nivel

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Las situaciones dramáticas pueden ser cómicas según como se presenten, y ésta es una de las potencialidades del cine. En 1965, cuando el Blue Pullman era la joya de la corona ferroviaria británica, se utilizó para una escena cómica en The Early Bird (1965) en la que atropella un carro de lechero en un paso a nivel.

Con un humor de trazo un poco más fino, en Octopussy (1983), de la saga James Bond, hay una escena situada en un paso a nivel. 007 persigue al general Orlov y a sus secuaces hasta una estación de tren de la antigua República Democrática Alemana donde los hombres del general se disponen a enganchar al tren del circo de Octopussy un vagón que lleva escondido en su estructura un alijo de joyas que ha de servir para financiar sus tejemanejes. El tren parte con todo el elenco del circo, pero James Bond no ha podido subir a él porque lo ha retrasado su enfrentamiento con los hombres de Orlov, de manera que decide robarle el coche al general y perseguir el tren por carretera. Al rebasar un control policial, la barrera de púas destroza los neumáticos y, en el siguiente paso a nivel, Bond da un golpe de volante, coloca el coche sobre la vía y se lanza a la persecución del tren. Oh, coincidencia, la distancia entre los centros de las llantas del coche coincide exactamente con el ancho de vía.


Sjef Van Oukel, el personaje de cómic de Theo Van den Boogaard y Wim T. Schippers, protagoniza un episodio en un paso a nivel. Con su insufrible carácter, después de dar la vara a los que esperan ante la barrera, salta a la vía a la llegada del tren para tomar una muestra de unos insectos con el resultado que se puede ver.

 

Puede decirse que las dos filoxeras hacían el amor en el paso a nivel, y de eso hablaremos en la próxima entrega.

Para acabar esta entrada, he aquí algunas viñetas cómicas con el paso a nivel como protagonista:


miércoles, 3 de junio de 2015

Drama en el paso a nivel


Hoy, el mundo ferroviario celebra la 7ª edición del ILCAD (International Level Crossing Awareness Day), una jornada dedicada a la sensibilización sobre la seguridad en los pasos a nivel. Es el día apropiado, pues, para retomar la serie sobre ellos.

La posibilidad o la inminencia de un accidente en un paso a nivel tiene una gran fuerza dramática porque las consecuencias no serán menores. Desde sus inicios, el cine mudo plantó su cámara ante un paso a nivel para poner en vilo el corazón de los espectadores ante la inminencia del desastre: ¿logrará el automóvil donde viaja la chica cruzar la vía sin ser atropellada por el tren o será alcanzada por los villanos?


También en el cómic el paso a nivel ha propiciado secuencias de suspense. Tintín era especialista en salvar el tupé in extremis, reléanse sino Tintin y los soviets, La oreja rota o El asunto Tornasol.


Gerhart Hauptmann escribió un drama magistral entorno a un paso a nivel en la novela corta Bahnwärter Thiel (1888, El guardavías Thiel), que narra la degradación mental del guardavías Thiel desde el momento en que muere de parto su esposa y, para no tener que dejar a su hijo Tobias al precario cuidado de una anciana de la vecindad, se casa con Lene, una vaquera del pueblo. Thiel adora secretamente en su garita a su primera esposa muerta, al tiempo que lidia con Lene, que resulta ser una mujer ardorosa y sexualmente dominante que maltrata a Tobías des del momento que alumbra a su propio bebé. La muerte de Tobías, atropellado por una locomotora en el paso a nivel en un descuido de Lene, precipita el derrumbe psicológico de Thiel que, en un ataque de locura, mata a su esposa y a su hijo.


Volviendo al cine, más dramática es, si cabe, la situación con la que se encuentra el protagonista de Rails & Tails (2007, Raíles y lazos), dirigida por Alison Eastwood, que se inicia con una escena en la que un maquinista de un tren de viajeros, lanzado a más de cien kilómetros por hora, debe tomar una decisión crucial. Una mujer decide suicidarse estacionando su coche, con ella y su hijo dentro, en un paso a nivel a la salida de una curva. Cuando el maquinista ve el coche, debe decidir en décimas de segundo si aplicar frenos en plena curva con riesgo de una catástrofe mayor o arrollar el coche. El tren atropella el coche, del que en el último momento salta el niño, y la compañía inicia la correspondiente investigación. La decisión del maquinista es aprobada por el comité, pero la película va por otros derroteros: la relación entre el huérfano, el maquinista y su mujer, enferma terminal de cáncer.

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Visto lo visto, no sólo no es de extrañar que hoy sea el ILCAD, sino que a uno le dan ganas de no tomar ninguna carretera con pasos a nivel y viajar cómodamente en ferrocarril.

lunes, 25 de mayo de 2015

Los trayectos de Xenxo

 

Se acaba de inaugurar en la sede madrileña de la Fundación de los Ferrocarriles Españoles una exposición de pintura de tema ferroviario de Xenxo Sánchez. Una primera mirada a su obra no deja duda sobre la fascinación del autor por el mundo ferroviario, la cual se inscribe en su interés por las consecuciones de la tecnología, como puede verse en su blog.

La muestra incluye óleos, acrílicos, aerografías y acuarelas que nos muestran imágenes de estaciones vacías, material móvil aparcado y trenes en entornos urbanos desde perspectivas inusuales. Sin embargo, en sus cuadros no hay viajeros ni personal, los entornos ferroviarios aparecen desnudos y crean una cierta incomodidad porque uno no sabe si está ante una estación fantasma, unos andenes evacuados o en estas horas de la madrugada en que el sistema aun no se ha puesto en marcha. Sólo en la tela que se dedica a la 250 una lata de cerveza vacía olvidada junto al raíl nos habla de presencia humana.


Las obras expuestas responden a una multiplicidad de miradas e intereses y, a juicio de este bloguero, son las que tienen  como tema las estaciones las más interesantes. Éstas son también las que llevan a acordarse de las de colegas de Xenxo como Ricardo Sánchez Grande, José Miguel Palacio, Juan Moreno o José Catalá, porque tienen en común el esfuerzo por captar esa atmósfera singular del espacio ferroviario echa de luz, olor, vibración y presencia humana aunque su figura esté ausente.


Mirando los cuadros de Xenxo y sus colegas uno se pregunta si puede hablarse de la existencia de una rama de la pintura que pudiéramos llamar pintura ferroviaria o de estilo ferroviario. Pensemos en un pintor "ferroviario" como pocos: Darío de Regoyos. ¿Son los trenes lo que define la personalidad artística de Regoyos? Veamos: empezó en el naturalismo, pasó por el protosimbolismo y acabó abrazando el impresionismo e incluso el puntillismo. Cada vez que utilizaba el ferrocarril en una composición, el cuadro no dejaba de pertenecer al movimiento en el cual el pintor estaba adscrito en aquel momento. Si pensamos en las épocas en las que la abstracción ha dominado el territorio, pocos trenes encontraremos, por el contrario, es innegable que el hiperrealismo ha favorecido el relanzamiento de la temática ferroviaria. Concluiremos, pues, que la pintura ferroviaria no existe como tal, sino que, en cada época, los pintores han tratado el tema con las herramientas del momento en el cual vivían o del movimiento al cual pertenecían.


La exposición puede verse en el Palacio de Fernán Núñez de Madrid (calle Santa Isabel 44) del 20 de mayo al 21 de junio de 2015, de lunes a viernes de 11 a 20 horas y los sábados y domingos, de 11 a 14.


Para preparar la visita, acabamos con este vídeo sobre el proceso creativo del autor.

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miércoles, 13 de mayo de 2015

Vida en el paso a nivel


Los pasos a nivel van desapareciendo de la geografía europea, tanto por la desafectación de líneas secundarias como porque los nuevos trazados ya no los preveen. Algunos quedan en vías principales, polémicos ellos, cargados de señales, carteles, luces y avisos acústicos, pero esa es otra historia porque lo que aquí nos interesa es el paso a nivel sencillo, local, atendido por un o una guardabarreras, accionado manualmente o, como mucho, con un mecanismo de manivela que sube y baja la barrera.

La película Grandes amigos (1966) de Luis Lucia contiene una escena que ilustra este tipo de paso a nivel. El tren se acerca, la mujer, viuda, acciona la manivela, la campanilla repica  y las barreras bajan, un coche por un lado y tres campesinos en burro por otro, se detienen sin prisa, con ganas de ver pasar el convoy. El fogonero le da un balón al maquinista para que se lo lance al hijo de la guardesa. Todos se conocen por los nombres de pila, se saludan, ríen y la vida continua.


El paso a nivel era un lugar de encuentro, donde acercarse a echar un pitillo y una charla y a ver a pasar unos trenes tan lentos que podía reconocerse a quienes los conducían. Pero no son un lugar de encuentro sólo para los humanos, en ellos la aristocrática vía férrea y la prosaica carretera se encuentran al mismo nivel, y aunque esta intenta hablarle de tu a tu a aquella, la vía le muestra a la calzada una y otra vez su superioridad, como pone de manifiesto esta tela del danés Laurits Andersen Ring.

Este cuadro de Eric Bottomley, un pintor inglés especializado en trenes, muestra como un paso a nivel en Hull se convierte en improvisado lugar de reunión: el ciclista habla con el repartidor de la furgoneta, los peatones hacen tertulia.


Pero no todos los pasos a nivel están junto a los pueblos, ni todas las horas del guardabarreras están llenas de conocidos que acuden a charlar, ni de habituales que pasan, a menudo la soledad es la única presencia y esto es lo que captó el ya citado L. A. Ring en esta tela de 1884.


Hay unos pasos a nivel aun más humildes y recoletos, son los pasos sin barrera. Son cruces con pocas probabilidades de encuentro, acaso un tractor con un convoy de carbón, o un coche de excursionistas con un tren local superviviente. Son pasos a nivel que desprenden desolación, como los cuadros de Edward Hopper, que pinto varios de ellos, como este Dauphinee House (1932).


Ocasionalmente se producen encuentros en estos pasos remotos, como de la película El secreto de los incas (1954), donde una dresina y un camión coinciden en un paso a nivel de México obstaculizado por un burro. El conductor de la dresina lo aparta, los humanos se saludan, continúan sus trayectos y el paraje queda de nuevo desierto, salvo por los equinos.

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domingo, 19 de abril de 2015

22 minutos en tren, intervención artística


22 minutos es el tiempo que tarda el cercanías entre Badalona y Mataró, y así se titula la exposición que puede verse en las estaciones de estas ciudades y las intermedias. Las obras son vinilos elaborados por alumnos del grado superior de Ilustración de la escuela de artes “Pau Gargallo” de Badalona. En el proyecto se ha incluido un taller con el artista Perejaume.


Los participantes han representado instantáneas del trayecto en tren: un hombre leyendo el periódico, una chica escrutando el teléfono móvil o un viajero disfrutando del recorrido. Los vinilos son de gran formato y están adheridos a los ventanales, los muros y los ascensores de las estaciones; unos carteles con códigos QR describen la intervención artística y permiten ampliar información.


Los autores explican así su trabajo:
Este es también el trayecto habitual de muchos alumnos mataronenses que se desplazan cada día para ir a la escuela “Pau Gargallo”. Y más allá de este recorrido, los desplazamientos en tren ocupan la cotidianidad de los trayectos diarios de muchísima gente; vertebran el territorio alargado de la comarca del Maresme que se despliega la orilla del mar hasta Barcelona; dibujan el paisaje, desde la ventana o dentro del vagón; y narran miles de historias, reiteradas o no, de cada uno de sus pasajeros.
Con 22 minutos en tren hemos querido acercar el trabajo creativo a esta cotidianidad y establecer analogías entre el trayecto físico y el proceso creativo. El concepto de trayecto ha servido para que los ilustradores fueran esbozando en las libretas sus miradas particulares.
El hecho de buscar nuevas plataformas de exhibición nos ha llevado a intervenir en los andenes y las fachadas de las estaciones del trayecto para dar visibilidad a los lenguajes narrativos. Lo hemos hecho escogiendo algunas de las ilustraciones y vinilizándolas en grandes formatos en los ventanales, muros o ascensores de cada una de las estaciones.

El proyecto no ha dejado nada al azar, su logo, por ejemplo, toma los colores y la estética de los títulos de viaje integrados del área metropolitana.


22 minutos en tren ha sido organizado por la Dirección de Cultura del Ayuntamiento de Mataró y EASD Pau Gargallo de Badalona, con la colaboración de Cercanías de Cataluña, Renfe y Generalitat de Catalunya.

Las obras estarán en las estaciones hasta el 26 de abril y los bocetos y los desplegables de los alumnos se podrán ver en el centro cultural “Can Palauet” de Mataró hasta el 3 de mayo.


miércoles, 8 de abril de 2015

Literatura del Tren de Val de Zafán


En 2010, Juli Micolau y Chusé Aragüés hicieron una llamada para que narradores y poetas escribieran sobre la desaparecida línea ferroviaria de Val de Zafán, que iba de Puebla de Híjar a Tortosa. 41 autores respondieron al envite y Gara d'Edizions (Zaragoza) publicó el volumen en julio de 2011.

Como suele ocurrir en este tipo de obras colectivas, lo interesante es leer sin comparar, tener la mente abierta para que cada pluma pueda sorprendernos con una evocación singular, una anécdota inesperada, un matiz revelador, una referencia histórica incómoda, una mirada fascinada. Algunos tienen el privilegio de volcar sus recuerdos como pasajeros, otras son capaces de ponerse en la piel de los que construyeron la tortuosa vía, algunas se detienen en el paisaje humano, otros en el del trazado. A la postre, entre todos los relatos recorren toda la línea y todos los periodos históricos. 

Como es privilegio del bloguero hacer su propia selección, aquí van cinco fragmentos, cuatro de relatos y uno de poesía; nadie está diciendo que sean los mejores, ni los más significativos, son los que, en el momento de la lectura, han calado más en el bloguero. Se ha conservado para cada texto su lengua original, como han hecho los coordinadores al incluir en un mismo volumen, sin traducir, escritos en español, catalán y aragonés.

Rosa, Rosi. Rosalía de Antón Castro, que con literatura de calidad describe como uno puede enamorarse de una tierra y un ferrocarril.
Como si fuera una lineación de fútbol, Lisando decía: "La Puebla, Alcañiz, Valdealgorfa, Valjunquera, Valderrobles, La Fresneda, Torre del Compte, Cretas... No sé si  puedes imaginar ese tren: mirabas por la ventana y dominabas un paisaje sobrenatural de ríos, de vergeles, de serranía y de carrascas. Mirases hacia donde mirases, siempre había un castillo a lo lejos, un palacio, un monasterio, un plantío exuberante de vida, un mar de olivos, un cerrado de caballos. Y lejos, al final de trayecto, estaba el mar. ¿Te imaginas?". Tuve la sensación de que Lisando ya me había metido donde había querido meterme siempre. Tuve la sensación de que Rosi y Alcañiz habían sido un señuelo.

Vía muerta de Alicia Estropiñá Amela, una historia que merece ser llevada a la pantalla.
Llevaba desde muy niña en el internado de Zaragoza y desde hacía unos tres años iba y venía sola en el tren, pero como la estación distaba varios kilómetros del pueblo, alguien tenía forzosamente que llevarla o traerla en coche cuando el horario del pequeño y vetusto autobús que cubría el recorrido no coincidía con el del viaje ferroviario. Cosa que ocurría cada vez con más frecuencia, pues la escasez de viajeros obligaba a ir recortando servicios paulatinamente y lo que antes era una estación con servicio regular (¡y tan regular!, decía con sorna si hermano, que era muy guasón) de recogida de pasajeros, venta de billetes, sala de espera, consigna, información y varios empleados, se veía hoy reducido a unas dependencias cerradas la mayor parte del tiempo, con un sólo hombre para todo y apáñese usted como pueda, donde una podía esperar durante horas un tren que iba retrasado y que pasaba de largo si no atisbaba de lejos el desafortunado que en ese preciso momento había ido a aliviar su vejiga. 
Biache con nusatros de Chusé Inazio Nabarro, que rememora la construcción de la línea.
O caso ye que per bel día lolo Mariano s'achustó ta treballar de manobra en o ferrocarril. Se fazió, per tanto, carrilano. A suya faina, seguntes parex, consistiba en tener acotraziatas as bías d'o tren. Bien escoscatas. ¡Prou que sí! Biero yera o nombre que per aquellas embueltas li daban á o suyo oflzio en a tierra de yo. Biero. Pion d’o ferrocarril. Como más bos estimez u más rabia bos dé. De resultas de o suyo treballo, lolo Mariano estió destinato ta Sadaba en do fazió conoxenzia con lola María, de casa Miñón de Sadaba, con qui se casó e tenió un flllo masclo. O mío pai.
 La via morta de Andreu Subirats, que reproduce el hablar de la comarca en boca de un abuelo enamorado del ferrocarril.
Tot allo era massa, ho haguesses hagut de vore. I la vida que donava, sas: una gentada cap amunt i cap a baix del tren, un tràfec de mercancies per aquí i per allà, que sempre hi havia moviment, i molta gent que va vindre a treballar a la via es van quedar después per aquí, sas, pos no ho sé? Se van casar en dones de per aquí, o els va agradar el terreno i ja no se'n van tornar. Mira, encara me'n recordo dels trens que passaven: a les set del mati sortia el primer tren que era l’Autovía Tortosa-Saragossa, a les onze passava el Ligero que baixava d'Alcanyís i después a la una i mitja arribava el Correu de la Puebla d'Híjar, que a les tres de la tarde tornava a anar-se'n cap a dalt. Allavons, a la tarde, a les set, sortia el Ligero d'Alcanyís i a les nou de la nit arribava l'Autovia de Saragossa. Después los dillums i els dimecres passaven los mercancies, que a mi sempre han sigut los que més m'han agradat.

Y representando a la poesía, un haikú de la serie Entre los pasos de José Manuel Soriano Degracia:
Buscas los verbos
en la antigua estación.
Ya pasó el tren.

Sirvan estos fragmentos para reconocer el trabajo de los 41 autores e invitar a su lectura.

Si quieren detallada y amena información sobre la historia de esta línea, con fotografías, documentos y planos impagables como los que se han usado para ilustrar esta entrada, no dejen de visitar la web de Vicent Ferrer y el blog del Museo del Ferrocarril de Cataluña.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Soledad en el andén

Acabamos, que no agotamos, esta serie con una galería de personajes que, por una u otra razón, encontramos solos en un andén. Es casi obligado empezar con Soledad (1955) de Paul Delvaux, el pintor surrealista belga, enamorado de los trenes y de las mujeres, pasión que se refleja en gran parte de su obra. En la que encabeza esta entrada, la soledad de la que parece ser una joven contagia una sensación de misterio, pues no sabemos si espera, si quiere marcharse o sólo pasea por el andén.
Mucho más explícita es esta obra del holandés Evert Jan Boks, Partiendo hacia el mundo. La joven espera en una pequeña estación el tren que ha de llevarla a abrirse camino en la ciudad. Todo su pequeño mundo está contenido en el baúl sobre el que está sentada y en el bolso de mano. Ni estas dos piezas de equipaje ni su ropa son de mala calidad, lo que descarta un origen humilde, pero su cara inocente y preocupada y, sobretodo, el hecho de que no esté acompañada, nos habla de la necesidad de marchar a buscarse la vida. La mirada pícara del hombre sentado en el banco parece más la de un vecino que la conoce y está curioseando que la de un sátiro malpensado. Las verdaderas razones de la partida hacia el mundo están reflejadas en la actitud y la expresión de la joven y es al espectador a quién le toca interpretarlas.
Este es Roberto Arlt, el escritor argentino que, en la sección Aguafuertes porteñas que publicaba en el diario bonaerense El mundo en los años treinta del siglo XX, incluyó anécdotas en estaciones y trenes, como esta escena titulada Por fin....
Por fin…
Bueno; el caso es que la desconocida lloriqueaba, y el desconocido se limitaba a decir esas frases baladíes que son obligatorias, cuando uno consigue sacarse un cataplasma de encima. Sí; yo veía eso en la actitud del desconocido; esa satisfacción semioculta, y que la mujer adivinaba; y adivinaba tan bien, que de pronto comenzó a mover la mano, a decir cosas que me jugaría la cabeza, eran así:
–Vos sos un sinvergüenza. Vos me prometiste esto, y ahora te vas. Te vas y yo me mataré. Sí; yo me mataré. No volveré a querer más a nadie…
–Pero, querida; si te matas, ¿cómo podrás querer a otro…?
–Callate; sos un cínico… El hombre más despreciable que he conocido…
–Entonces, trataste a varios…
Como se comprende, un diálogo de esta naturaleza, no puede prolongarse mucho tiempo sin que una mujer no amenace con un desmayo o un escándalo. Y de allí que el desconocido sonriera. Sonriera con una sonrisa dolorosa, jovial, ciniquita, mientras que su mirada decía, más o menos:
–Ya ven ustedes; no tengo la culpa… Pero, ¿qué se le va a hacer? Las mujeres son así.
Cuando, al fin, las últimas pitadas del guarda anunciaron que el tren salía, el hombre respiró. La mujer Comenzó a llorar a lágrima viva, mientras que, aprovechando el paulatino movimiento de los coches, el hombre lanzaba unas definitivas mentiras de consuelo. Pero ella, sin responder, volvió la cabeza y yo alcancé todavía a ver el semblante del hombre cuando sonreía en el aliviador alejamiento.
La mujer queda sola en el andén. Bien, en realidad queda rodeada de todos los que pululan por él, pero se puede estar solo en medio de la multitud, como parece que está sola la mujer de esta pintura de Jack Vettriano titulada Railway Station Blues (1996).
Parece que la mujer esté sola, pero, ¿lo está realmente? El hombre que está al otro lado de la columna ¿estaba con ella hace un momento? ¿La ha dejado sola? ¿Y el tercer personaje? ¿Es un simple curioso o tiene algo que ver con la pareja, si es que lo son o lo eran?

El andén de una estación es un lugar único para detenerse y contemplar el mejor espectáculo del mundo: mirar a las personas. El observador atento y imaginativo sabrá intuir o fabular las historias que les acompañan. Muchas soledades han acabado felizmente en un andén.
Densha otoko (2005)

martes, 3 de marzo de 2015

Pasión en el andén

De las muchas escenas de encuentros y despedidas de amantes en el andén de una estación de ferrocarril, las más agradecidas para el espectador son aquellas en las que, después de que el director nos muestre la duda i el deseo en los rostros de los personajes, al final, el que está en el tren acaba bajando al andén, como en Amantes (1990) de Vicente Aranda...

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... o el que está en el andén acaba subiendo al tren, como en El amor perjudica seriamente la salud (1996) de Manuel Gómez Pereira.

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Estas dos películas españolas de finales del siglo XX tenían una tradición en la que engarzarse, por ejemplo la mítica Love in the Afternoon (1957, Ariane), de Billy Wilder. Audrey Hepburn interpreta la cándida hija violoncelista del detective privado Claude Chavasse, interpretado por Maurice Chevalier, que es seducida por un playboy americano, Frank Flanagan, interpretado por Gary Cooper. La escena final de la película, con estos tres monstruos de la pantalla dirigidos por Wilder, pasa por ser una de las mejores escenas de andén, y tiene su clímax en el momento en el que el millonario coge de la cintura a la chica para subirla al tren ante la mirada agradecida de su padre. La guinda musical final invita a una relectura de toda la cinta.

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Del mismo año y, candidez por candidez, uno se queda con la escena final de Los ángeles del volante (1957), de Ignacio F. Iquino. Un tierno Fernando Fernán Gómez y una inocente Julita Martínez son los encargados de hacer el un poco más difícil todavía: cuando ya se han despedido, el joven sube al tren en el que parte la chica, detienen el convoy tirando de la alarma, se encuentran, se abrazan, se besan  y se bajan los dos para huir por las vías hacia la felicidad.

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En todas estas escenas de andén, suele ser muy divertido entretenerse a mirar qué están haciendo los extras. La gran mayoría simplemente caminan por el andén o suben y bajan de los coches, pero en algunos casos el director les asigna la función de ser contrapunto de la acción principal. Fíjense en las cuatro escenas de hoy y lo comprobarán.

lunes, 16 de febrero de 2015

Suicidas en el andén

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La escena que abre esta tercera entrega de escenas de andén es un poco gore: 54 adolescentes suicidándose a la vez por el procedimiento de tirarse al tren cogidas de la mano. Así empieza 自殺サークル (2002, El círculo del suicidio) del director japonés Sion Sono, una película de trama policíaca en la que el inspector protagonista investiga una cadena de suicidios, que se extiende por todo el Japón, entre los fans de un grupo musical.

Cuando pensamos en suicidas de antología, la primera que nos viene a la mente es Anna Karenina, la protagonista de la novela (1877) de Liev Tolstoi:
Examinaba tranquila la estructura baja del tren: los ganchos, las cadenas, las altas ruedas de hierro fundido. Con rápida ojeada midió la distancia que separaba las ruedas delanteras de las traseras del primer vagón, calculando el momento en que pasaría frente a ella.
«Ahí», se dijo, mirando la sombra del vagón y la tierra mezclada con carbón esparcido sobre las traviesas. «Ahí en medio, sí, es donde le castigaré y me libraré de todos y de mí misma.» Le costó deshacerse del bolso rojo y perdió la oportunidad de arrojarse bajo el primer vagón. Tuvo que esperar el siguiente. Un sentimiento parecido al que experimentaba cuando, al bañarse, iba a entrar en el agua, se apoderó de ella, y se persignó. Aquel gesto familiar despertó en su alma una ola de recuerdos de su niñez y su juventud y, de repente, las tinieblas que cubrían su espíritu se desvanecieron y la vida se le presentó con todas las alegrías luminosas, radiantes, del pasado. Pero no quitaba los ojos del segundo vagón y, cuando apareció el espacio entre las dos ruedas, encogiendo la cabeza entre los hombros y adelantando las manos, se hecho de rodillas bajo el vagón.
(Sobre el papel del tren en esta novelas, pude verse esta entrada de 18 de marzo de 2013)

Anna Karenina fue la primera de muchas heroínas que acabaron bajo las ruedas de un tren. Tirarse de un puente, colgarse o envenenarse tiene la connotación de acto privado y solitario, en cambio, suicidarse tirándose al tren tiene algo de entregar la vida, de rendirse a una fuerza superior a uno mismo contra la que ya no se puede o se quiere luchar más, fuerza que, como tantas veces, es representada por el ferrocarril en marcha.

En 1900, Eduardo Zamacois, conocido entre la afición ferroviaria por sus Memorias de un vagón de ferrocarril, publicó una colección de relatos, De carne y hueso, en el que se incluía uno titulado  La muerta. Narra el drama de Martina, una guardavías destinada en un puesto inhóspito y casada con Juan, maquinista del mismo ferrocarril, que la tiene muy abandonada. Martina acaba siendo seducida por Pedro, el fogonero de su marido. Cuando es abandonada por su amante, desesperada y enloquecida, se arroja a la vía cuando pasa el tren de su esposo.


Otro grande la literatura española, el argentino Ricardo Güiraldes, publicó en 1922 la novela corta Rosaura. Un idilio de estación. Su protagonista, es una joven de alma y sueños sencillos que acude cada día con sus amigas a la estación del pueblo a pasear por el andén. Un pasajero distinguido, Carlos, al que ve a menudo, capta su atención e inicia con él un flirteo a través de la ventanilla. Del flirteo pasa al enamoramiento, El joven baja al andén durante las paradas, luego busca gestiones que hacer en el pueblo, hacen por coincidir en una fiesta, hablan… hasta que es mandado a Inglaterra por unos meses. Cuando calcula que Carlos ya debe estar de regreso, Rosaura acude cada tarde a la estación, hasta que lo ve, como siempre tras la ventanilla, pero acompañado de otra mujer. Sobre el final se extiende la alargada sombra del de Anna Karenina:
Los hierros comienzan a sonar y bufa la máquina sus grandes penachos venenosos sobre Lobos, en jadeante esfuerzo de partida. El tren va a continuar su viaje de desconocido a desconocido, de horizonte a horizonte.
Entonces la pequeña Rosaura, vencida por una locura horrible, grita, llora, despedazando en los dientes convulsos de dolor sobrehumano, frases incomprensibles. Y como una mariposa primaveral y ligera lánzase a correr entre la paralela infinitud de los rieles, los brazos hacia adelante en una ofrenda inútil, clamando el nombre de Carlos, por quien es una voluptuosidad morir así, en el camino que lo lleva lejos de ella para siempre.
-¡Carlos!... ¡Carlos!...
El férreo estrépito se aproxima. Nada son para la veloz victoria del tren sonante, los gritos de una pasión que supo llegar hasta la muerte.
-¡Carlos!...
Y como una pluma ligera y blanca, cede paso la fina figura despedazada en su muselina floreada, a la indiferente progresión de la máquina potente y ciega, para cuyo ojo ciclópeo el horizonte no es un ideal. 
Cuando alguien se suicida tirándose al tren, una víctima inocente es siempre el maquinista. El trauma que un incidente de este tipo supone para los ferroviarios queda muy bien recogido en la película Gyeongui-seon (2006, The Railroad) del coreano Heung-Sik Park. Dos jóvenes viajan por separado en el mismo vagón de un tren. Ambos se quedan dormidos por un cansancio profundo, existencial, no se apean para tomar el enlace de Seul y acaban en una estación remota que ya no tendrá circulaciones hasta la mañana siguiente. Él es un conductor de metro con unos días de permiso porque una mujer se ha suicidado tirándose al paso de su convoy, y ella ha abandonado su trabajo de profesora ayudante de literatura alemana en la universidad al descubrir la mujer de su catedrático que mantenía una aventura con él. La escena del suicidio de la mujer es interesante por cuanto la vemos desde el punto de vista del maquinista, y veremos después cómo la compañía ferroviaria le atiende. 


Parece ser que suicidarse tirándose al tren es bastante habitual en las poblaciones por las que pasa, de manera que es en ellas donde más debería atenderse el consejo de aquella mujer a una vecina: "Mira chica, si estás depre, antes que tirarte al tren, yo que tu, me tiraría al maquinista."

martes, 3 de febrero de 2015

Tropas en el andén


Algunos de los besos en el andén de la entrega anterior eran entre soldados que partían y mujeres que quedaban a la espera de un retorno incierto, y es que, desde el inicio de su existencia, el ferrocarril ha cumplido una función estratégica en los sucesivos conflictos bélicos. Los suministros parten de los ramales que entran en las factorías y de las estaciones de mercancías; los soldados parten y son recibidos en los andenes.

La pintura ha sabido plasmar la atmósfera de los andenes a la partida de los soldados cuando, en un espacio relativamente pequeño, se dan cita la marcialidad, las órdenes de los oficiales, las escenas dramáticas de despedida, los vendedores y las chanzas nerviosas de los soldados que quieren aparentar normalidad ante los que han acudido a despedirlos. El óleo de 1888 de Konstantin Savitsky, Marcha hacia la guerra, es un muy buen ejemplo de esta complejidad. Nótese que, a pesar de la multitud de temas como los citados, lo que destaca es el drama de la separación de los dos amantes: él girándose hacia ella, ella sostenida por amigas o parientes.

Le Départ des poilus, août 1914 (1926) de Albert Herter, que preside los andenes de salida de la Estación del Este de París, tiene una temática similar. El pintor americano realizó la obra como homenaje a su hijo muerto en Francia en los últimos meses de la Gran Guerra. En esta composición no hay soldados bailando ni militares dando novedades, predominan los padres que abrazan a sus hijos pequeños en el andén antes de la inminente partida.


La fotografía se ha ocupado de documentar partidas a ritmo de arenga y música de banda, recibimientos victoriosos con discursos encendidos y llegadas discretas de tropas derrotadas. También episodios peregrinos de tropas en difíciles fidelidades, como las de esta fotografía tomada en la estación de Sopron el 21 de octubre de 1921 y que corresponde al segundo descabellado intento del depuesto káiser del Imperio Austro-húngaro, Karl I, de recuperar la corona de Hungría.


También el cine ha recreado escenas militares en estaciones, especialmente el cine béico, pero como ejemplo tomaremos un fotograma de la superproducción británica Nicholas and Alexandra (1971), que utilizó la madrileña estación de Delicias en la escena en la que el zar despide y bendice a las tropas que parten en convoyes hacia el frente. El zar y la zarina reparten medallitas que han sido bendecidas por los popes presentes en el estrado. Una banda militar toca desde una tarima y la estación entera esta adornada con banderas y estandartes. 


Tanto la pintura, como la fotografía, como el cine transmiten la idea de que la partida de la tropa al frente es dura y dramática, tanto para los que se marchan como para los que se quedan; todo lo contrario de lo que parece indicar este cartel de reclutamiento, que presenta a los soldados como una alegre peña de amigos que se marchan de juerga invitando al espectador a enrolarse con el argumento de que "hay sitio para ti". Arte al servicio de la propaganda.